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Pretty Little Liars (Libro 1) (para leer)
Sara Shepard

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soniapll

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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:16 pm    Título del mensaje: Pretty Little Liars (Libro 1) (para leer) Responder citando



Sinopsis

En el exclusivo suburbio de Pennsylvania Rosewood, Alison es la Abeja Reina de su colmena de élite en séptimo grado. Aria, Hanna, Spencer, y Emily compiten por su atención, aun incluso cuando cada una de ellas esconde un horrible secreto que sólo Alison sabe.

Así que cuando Alison se pierde después de una fiesta de pijamas, nunca se vio de nuevo, y cada chica está destrozada, pero también un poco aliviada.

Ahora es tres años más tarde, y aunque las cuatro chicas han crecido separadas, todavía cada una de ellas está escondiendo algo. La artificial Aria está teniendo una aventura con uno de sus profesores, la fashionista Hanna roba para personalizar sus trajes de moda, la sangre azul Spencer está durmiendo con el novio de su hermana mayor, mientras la tradicional Emily está tratando de ignorar su atracción hacia una nueva compañera femenina.

Cuando las chicas comienzan a recibir amenazantes mensajes de texto y correos electrónicos de alguien conocido sólo como "A", deben enfrentar el hecho contra todo pronóstico, que al parecer Alison está de vuelta.

¿Podría Alison estar aún viva? Y si es así, ¿por qué esta tan decidida a destapar todos sus sucios pequeños secretos?
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soniapll

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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:19 pm     Responder citando

Prólogo

Cómo Empezó Todo

Imagínate que estamos un par de años atrás, el verano entre séptimo y octavo grado. Tu estas broceada de tanto estar recostada junto a tu piscina rodeada de piedras, tienes tu nuevo conjunto Juicy* (¿recuerdas cuando todo el mundo llevaba esos?), y tu mente estaba con tu enamorado, el chico que va a la secundaria en otra escuela cuyo nombre no mencionamos y usa arrugados pantalones Abercrombie en el centro comercial. Tú estás comiendo tus Cocoa Krispies, así como te gustan - bañados en leche descremada - y ves a la cara de esta chica en el lado del cartón de leche. PERDIDA.
Ella es linda - probablemente más linda que tú - y tiene un aspecto agresivo en sus ojos. Piensas, - Hmm, tal vez a ella le gustan sus Cocoa Krispies empapados también. Y apuesto a que ella piensa que el chico Abercrombie es caliente también. Te preguntas cómo alguien tan…así, tan parecido a ti desapareció. Tú pensabas que sólo las niñas que entraban en concursos de belleza terminaban en los lados de los cartones de leche.

Bueno, piénsalo de nuevo.

Aria Montgomery enterró su cara en el césped de su mejor amiga Alison DiLaurentis. —Delicioso, —murmuró.

—¿Estas oliendo la hierba? —Emily Fields llamó desde detrás de ella, empujando la puerta del carro Volvo de su mamá, cerrándola con el brazo largo y pecoso.

—Huele bien. —Aria apartó el pelo de color rosa a rayas y aspiró el aire caliente del final de la tarde. —Al igual que el verano.

Emily se despidió diciendo adiós a su mamá y se detuvo a subir el jeans azul que colgaba de sus delgadas caderas. Emily había sido una nadadora competitiva, desde la liga Ranilla*, e incluso a pesar que ella se veía genial en un Speedo, nunca llevaba nada ajustado o remotamente lindo como el resto de las niñas de su clase de séptimo grado. Eso era porque los padres de Emily insistían en que un carácter bien construido se lograba de dentro hacia fuera. (Aunque Emily estaba bastante segura de que ser obligada a ocultar sus pequeñas camisetas de “Las chicas irlandesas lo hacen mejor” en la parte de atrás de su cajón de ropa interior no era exactamente ganancia de carácter).

—¡Ustedes! —Alison hizo una pirueta a través del patio delantero. Su pelo aún en una cola de caballo desordenada, y ella seguía vistiendo su falda de hockey enrollada hacia arriba del equipo de Hockey después de la fiesta de fin-de-año-esa tarde. Alison era la única de séptimo grado que había conseguido entrar al equipo de JV* y llegaba a casa con los aventones que le daban las chicas mayores de la escuela de niñas Rosewood Day, que criticaban a Jay-Z por cherokees* y quienes rociaban a Alison con perfume antes de bajarse en el frente para que no oliera a los cigarrillos que todas habían estado fumando.

—¿De qué me estoy perdiendo? —llamo Spencer Hastings, deslizándose a través de una brecha en el cerco de Ali para unirse a las demás. Spencer vivía al lado.

Pasó su larga cola de caballo, lisa y rubio-oscura por encima del hombro y tomó un trago de su botella morada Nalgene. Spencer no había logrado entrar al JV con Ali en el otoño, y tuvo que jugar en el equipo de séptimo grado. Ella había estado metida en el hockey de campo por un año para perfeccionar su juego, y las chicas sabían que había estado practicando bateos en el patio trasero antes de que llegara.

Spencer odiaba cuando alguien era mejor que ella en cualquier cosa. Especialmente Alison.

—¡Espérenme!

Ellas se volvieron para ver a Hanna Marin saliendo del Mercedes de su mamá. Ella tropezó con su bolso de mano y agitó sus brazos regordetes salvajemente. Desde que los padres de Hanna se habían divorciado el año pasado, ella había estado ganando peso y usando su ropa vieja. A pesar de que Ali rodó los ojos, el resto de las chicas pretendieron no notarlo.

Eso es lo que las mejores amigas hacen.

Alison, Aria, Spencer, Emily, y Hanna se encontraron el año pasado cuando sus padres las ofrecieron para trabajar los sábados por la tarde en la unidad de caridad de la escuela Rosewood Day, todas a excepción de Spencer, quien se ofreció voluntariamente. Por si o no Alison sabía de las otras cuatro, las cuatro sabían sobre Alison. Ella era perfecta. Bella, ingeniosa, inteligente. Popular. Los chicos querían besar a Alison, y las Chicas - incluso las mayores- querían ser ella. Así que la primera vez que Ali se rió de una de las bromas de Aria, preguntó a Emily algo sobre la natación, dijo a Hanna que su camisa era adorable, o comentó que la caligrafía de Spencer era más ordenada que la suya, no podían dejar de sentirse, así…deslumbradas. Antes de Ali, las chicas se habían sentido como los jeans de mamá de talle alto con pliegues, - torpes y visibles por todas las razones equivocadas - pero entonces Ali las hizo sentir como la más perfecta adaptación de Stella McCartney que nadie podía permitirse.

Ahora, más que un año más tarde, en el último día del séptimo grado, no eran sólo mejores amigas, eran las chicas de Rosewood Day. Mucho había ocurrido para hacerlo de esa manera. Cada fiesta de pijamas que tenían, cada viaje de campo, había sido una aventura. Incluso el salón de clases había sido memorable cuando estaban juntas. (Leer una nota caliente de la capitana del equipo varsity a su tutor de matemáticas por el megáfono era ahora una leyenda en Rosewood Day). Pero había otras cosas que todas querían olvidar. Y había un secreto del que no podían incluso hablar. Ali dijo que los secretos eran los que mantenían unida su amistad de cinco mejores amigas por la eternidad. Si es que era cierto, que iban a ser amigas de por vida.

—Estoy tan contenta de que el séptimo grado haya terminado —dijo Aria, como ella, Emily, y Hanna seguían a Alison y Spencer hacia el reformado granero convertido en la casa de huéspedes donde la hermana mayor de Spencer, Melissa, había vivido durante sus años junior y senior de alta escuela. Afortunadamente, se había graduado recientemente y se dirigía a Praga este verano, por lo que era suyo por la noche.

De repente se oyó una voz muy chillona. —¡Alison! ¡Hey, Alison! ¡Hey, Spencer!

Alison se dirigió a la calle. —No Voy, —susurró.

—No es, —Spencer, Emily, y Aria tardaron en llegar.

Hanna frunció el ceño. «mie*rda».

Este era un juego que Ali había robado a su hermano, Jason, que estaba en el último año en Rosewood Day. Jason y sus amigos lo jugaban en las fiestas de después de los partidos de la escuela cuando querían conseguir chicas. Ser el último en decir "no voy" significaba que tenias que entretener a la chica fea de la noche, mientras tus amigos llegaban a besuquearse con sus amigas calientes – lo que significa, en esencia, que eras tan cojo y poco atractivo como ella. En la versión de Ali, las chicas llamadas "no es" siempre era alguna fea, no cool, o una desafortunada cerca de ellas.

Esta vez, "no es" fue para Mona Vanderwaal - una idio*ta de abajo de la calle cuyo pasatiempo favorito era tratar de hacerse amiga de Spencer y Alison - y sus dos amigas freakys, Chassey Bledsoe y Phi Templeton. Chassey era la chica que hackeaba el sistema informático de la escuela y luego le decía al director cómo mejorar su seguridad, y Phi Templeton iba a todas partes con un yo-yo - no digo más. Las tres miraron a las chicas desde el centro del tranquilo, suburbio por la carretera. Mona estaba sobre su patineta Razor, Chassey sobre una bicicleta de montaña negra, y Phi a pie con su yo-yo, por supuesto.

—¿Quieren venir a ver Factor Miedo? —Mona llamó.

—Lo siento —Alison sonrió tontamente. —Estamos muy ocupadas.

Chassey frunció el ceño. —¿No quieren ver cuando se comen los insectos?

—¡Qué asco! —Spencer susurró a Aria, que entonces comenzó a fingir que estaba comiendo los piojos invisibles del cuero cabelludo de Hanna como un mono.

—Sí, me gustaría que pudiéramos. —Alison ladeó la cabeza. —Hemos estado planeando esta pijamada por un tiempo ahora. ¿Pero tal vez la próxima vez?

Mona miró a la acera. —Sí, está bien.

—Nos vemos. —Alison se dio vuelta, poniendo los ojos, y las otras chicas hicieron lo mismo.

Cruzaron por la puerta posterior de Spencer. A su izquierda estaba el patio vecino de Alí, donde sus padres estaban construyendo un mirador con veinte asientos para sus picnics prodigios al aire libre.

—Gracias a Dios los trabajadores no están aquí, —dijo Ali, mirando a una excavadora amarilla.

Emily se puso tensa. —¿Te han estado diciendo cosas otra vez?

—Tranquila allí, asesina, —dijo Alison. Las demás se rieron.

A veces llamaban a Emily “asesina”, como el pitbull personal de Alí. A Emily solía parecerle gracioso, también, pero últimamente no se reía con ellas.

El granero estaba justo delante. Era pequeño y acogedor y tenía una gran ventana que daba a la laberíntica granja de Spencer, que tenía su propio molino de viento.

Aquí en Rosewood Pennsylvania, un pequeño suburbio cerca de veinte millas de

Filadelfia, tenías más probabilidades de vivir en una granja con veinticinco cuartos, o una casa de campo con piscina con mosaicos de azulejos y bañera de hidromasaje, como la casa de Spencer, que en una casa prefabricada McMansion. Rosewood olía a lilas y hierba cortada en el verano y a limpia nieve y a estufas de leña en el invierno. Estaba lleno de exuberantes, pinos altos, hectáreas de fincas rústicas de tipo familiar, y unos simpáticos zorros y los conejitos. Tenía fabulosos centros comerciales, polígonos de la época colonial y parques para los cumpleaños, las graduaciones, y solo porqué quisimos- hacer-una-fiesta. Y los chicos eran magníficos en Rosewood, brillantes, sanos, justo en la manera como salido de un catálogo de Abercrombie. Esta era la línea principal de Filadelfia. Estaba llena de linajes antiguos, nobles adinerados, y prácticamente antiguos escándalos.

Al llegar a la granja, las chicas escucharon risitas próximas desde el interior.

Alguien chilló —¡te dije que ya basta!

—Oh Dios, —se quejó Spencer. —¿Qué están haciendo aquí?

Cuando Spencer se asomó por la cerradura, vio a Melissa, su remilgada y apropiada, excelente-en-todo hermana mayor, y Ian Thomas, su delicioso novio, luchando en el sofá. Spencer dio una patada a la puerta con el tacón de su zapato, obligándola a abrirse. El establo olía a musgo y un poco palomitas de maíz quemadas. Melissa se volvió.

—Que co… —preguntó ella. Entonces se dio cuenta de las demás y sonrió. —Oh, hey chicas.

Las chicas le echaron un ojo a Spencer. Constantemente se quejaba de que Melissa era una perra súper venenosa, por lo que estaban siempre sorprendidas cuando Melissa parecía amable y dulce.

Ian se levantó, se desperezó y sonrió a Spencer. —Oye.

—Hola, Ian, —Spencer respondió con una voz mucho más brillante. —Yo no sabía que estabas aquí.

—Sí lo sabías. —Ian sonrió con coquetería. —Tú estabas espiándonos.

Melissa reajusto su largo cabello rubio y su cintillo de seda negra, mirando a su hermana. —Entonces, ¿qué pasa? —preguntó ella, un poco acusadora.

—Es sólo… yo no tenía intención de espiarlos… —Farfulló Spencer. —Pero se suponía que esta noche tendría el lugar.

Ian juguetonamente golpeó a Spencer en el brazo. —Yo estaba jugando contigo, — bromeó.

Un parche de color rojo se deslizó hasta su cuello. Ian tenía un desordenado cabello rubio, ojos color avellana de ensueño, y unos totalmente trabajados músculos del estómago.

—Wow, —dijo Ali en voz demasiado alta. Todas las cabezas se volvieron a ella. — Melissa, tú e Ian hacen una pareja di-vi-naaa. Nunca te lo dije, pero siempre lo he pensado. ¿No te parece, Spence?

Spencer parpadeó. —Um, —dijo en voz baja.

Melissa miró por un segundo a Ali, perpleja, y luego se volvió hacia Ian. —¿Puedo hablar contigo afuera?

Ian bebió toda su Corona mientras las chicas miraban. Ellas sólo bebían super secretamente de las botellas de los gabinetes de licor de sus padres. Dejó la botella vacía abajo y les ofreció una sonrisa de despedida mientras seguía afuera a Melissa.

—Adiós, señoras. —Hizo un guiño antes de cerrar la puerta detrás de él.

Alison se desempolvó las manos. —Otro problema resuelto por Ali D. ¿Vas a darme las gracias ahora, Spence?

Spencer no respondió. Ella estaba demasiado ocupada mirando por la ventana delantera del establo. Las luciérnagas habían empezado a encenderse en el cielo purpúreo.

Hanna se acercó a la taza abandonada y a las palomitas de maíz, tomó un puñado grande. —Ian es tan caliente. Él es incluso, más caliente que Sean.

Sean Ackard era uno de los más lindos chicos de su grado y el tema de las fantasías constante de Hanna.

—¿Sabes lo que escuché? —Ali preguntó, dejándose caer sobre el sofá. —A Sean le gusta mucho las chicas que tienen un buen apetito.

Hanna se iluminó. —¿En serio?

—No. —Alison resopló.

Hanna dejó caer lentamente el puñado de palomitas de maíz de regreso a la taza.

—Por lo tanto, Chicas, —dijo Ali. —Ya sé la cosa perfecta que podemos hacer.

—Espero que no sea desnudarnos de nuevo. —Emily se rió. Habían hecho eso un mes antes - en un maldito frío - y aunque Hanna se había negado a desnudarse más allá de su camiseta y sus bragas del día de la semana, el resto de ellas habían corrido un campo de maíz cercano sin un ápice encima.

—A ti te gusto eso un poco demasiado, —murmuró Ali. La sonrisa se esfumó de los labios de Emily. —Pero no, estaba reservando esto para el último día de escuela. Aprendí a hipnotizar a la gente.

—¿Hipnotizar? —Spencer repitió.

—La hermana de Matt me enseñó, —respondió Ali, mirando a las fotos enmarcadas de Melissa e Ian sobre la chimenea. Su novio de la semana, Matt, tenía el mismo color arena en el pelo como Ian.

—¿Cómo lo haces? —Hanna preguntó.

—Lo siento, me hizo jurar el secreto, —dijo Ali, se volvió alrededor. —¿Quieren ver si funciona?

Aria frunció el ceño, tomando asiento en una almohada lavanda en el piso. —Yo no lo sé...

—¿Por qué no? —Los Ojos de Ali parpadeaba a un títere de cerdo relleno que se asomaba del bolso púrpura de jersey de Aria. Aria estaba siempre llevando cosas raras - animales de peluche, páginas arrancadas al azar de las novelas antiguas, postales de los lugares que ella nunca había visitado.

—¿La hipnosis te hace decir cosas que no quieres decir? —preguntó Aria.

—¿Hay algo que no nos puedes decir? —Ali respondió. —Y ¿por qué sigues trayendo ese títere de cerdo a todas partes? —Ella apuntó a la misma.

Aria se encogió de hombros y apretó el cerdo relleno de su bolso.

—Mi papá me dio a Pigtunia en Alemania. Ella me aconseja en mi vida amorosa.

—Metió la mano en el títere.

—¡Estás empujando la mano hacia su culo! —Ali chilló y Emily comenzó a reír. —Además, ¿por qué quieres llevar por ahí algo que tu papá te dio?

—No es gracioso, —espetó Aria, azotando la cabeza para hacer frente a Emily.

Todo el mundo estuvo en silencio durante unos segundos, y las chicas se miraban sin comprender la una a la otra. Eso venía ocurriendo mucho últimamente: Una persona - por lo general Ali - decía algo, y alguien más se enfadada, pero todo el mundo era demasiado tímido para decir que estaba pasando.

Spencer rompió el silencio. —Ser hipnotizado, um, eso suena algo falso.

—Tú no sabes nada al respecto, —dijo Alison rápidamente.

—Vamos. Podría hacérselo a todas de una sola vez.

Spencer recogió el borde de su falda. Emily soplaba aire a través de sus dientes.

Aria y Hanna se miraron.

Ali estaba inventando siempre cosas para intentar – el último verano, ellas fumaron semillas de diente de león para ver si tenían alucinaciones, y el pasado otoño habían ido a nadar a Pecks Pond, a pesar de que un cadáver fue descubierto una vez allí, pero la cosa era, que a menudo no quería hacer las cosas que Alison las obligaba a hacer. Todas amaban a Ali hasta la muerte, pero a veces la odiaban también, por dar órdenes alrededor y por el hechizo que había lanzado sobre ellas.

A veces, en la presencia de Ali, no se sentías reales, exactamente. Se sentían un poco como muñecas, con Ali organizando todos sus movimientos. Cada una deseaba que, sólo una vez, alguna tuviera la fuerza para decirle a Ali no.

—¿Por favoooor? —Ali preguntó. —Emily, tú quieres hacerlo, ¿verdad?

—Um. . . —la voz de Emily Tembló. —Bueno…

—Lo haré yo, —Hanna saltó.

—Yo también —dijo Emily rápidamente después.

Spencer y Aria a regañadientes asintieron con la cabeza. Satisfecha, Alison apagó todas las luces con un chasquido y encendió varias dulce velas aromáticas de vainilla que estaban sobre la mesa de café.

Entonces ella se apartó y tarareó.

—Muy bien, todo el mundo, simplemente a relajarse, —coreó ella, y las chicas se organizaron en un círculo sobre la alfombra. —Los latidos de su corazón se desaceleran. Piensen en cosas tranquilas. Voy a contar de cien hasta uno, y en cuanto yo toque a todas, estarán en mi poder.

—Espeluznante. —Emily se rió con voz trémula.

Alison comenzó.

—Cien. . . noventa y nueve. . . noventa y ocho…

Veintidós. . .

Once. . .

Cinco. . .

Cuatro. . .

Tres. . .

Le tocó la frente a Aria con la parte gordita de su pulgar. Spencer descruzó las piernas. Aria torció su pie izquierdo.

—Dos…—Poco a poco tocando a Hanna, a continuación, Emily, y luego se trasladó hacia Spencer. —Uno.

Los ojos de Spencer se abrieron antes de que Alison pudiera alcanzarla.

Se levantó de un salto y corrió hacia la ventana.

—¿Qué estás haciendo? —Ali dijo en voz baja. —Estás arruinando el momento.

—Está muy oscuro aquí dentro. —Spencer se acercó y abrió las cortinas.

—No —Alison bajó los hombros. —Tiene que estar oscuro. Así es como funciona.

—Vamos, no lo hace. —Las cortinas estaban pegadas; Spencer gruñó sacándolas

libre.

—No. Lo hace.

Spencer puso las manos en sus caderas. —Lo Quiero más claro. Tal vez todas lo quieren.

Alison miró a las otras. Todas ellas aún tenían los ojos cerrados.

—No siempre tiene ser en la manera que tu lo deseas, sabes.

Alison ladró una risa. —¡Ciérralas!

Spencer puso los ojos. —Dios, toma una píldora.

—¿Crees que debo tomar una píldora? —Alison demandó.

Spencer y Alison se miraron por unos pocos momentos. Ellas tenían una de esas peleas ridículas en las que discutían por quién vio primero el nuevo vestido Lacoste polo en Neiman Marcus o si el color miel parecía demasiado descarado, pero en realidad era otra cosa por completo. Algo de alguna manera más grande.

Finalmente, Spencer señaló la puerta. —Vete.

—Está bien. —Alison se dirigió afuera.

—¡Bien! —Pero después de pasar unos segundos, Spencer la siguió. El aire de la tarde azulada estaba en calma y no había ninguna luz encendida en la casa principal de su familia. Todo estaba en silencio, también - aunque los grillos se callaron - y Spencer podía oírse respirar. —¡Espera un segundo! —Exclamó después de un momento, cerrando de golpe la puerta detrás de ella. —¡Alison!

Pero Alison se había ido.

Cuando escuchó el portazo, Aria abrió los ojos. —¿Ali? —llamó. —¿Chicas? —No hubo respuesta.

Miró a su alrededor. Hanna y Emily sentadas como bultos en la alfombra, y la puerta estaba abierta. Aria se movió hacia el porche. No había nadie allí. Se acercó de puntillas al borde de la propiedad de Ali. Los bosques estaban en frente de ella y todo estaba en silencio.

—¿Ali? —susurró. Nada. —¿Spencer?

En el interior, Hanna y Emily se frotaron los ojos. —Acabo de tener el más extraño,

—dijo Emily. —Quiero decir, supongo que era un sueño.

—Fue muy rápido. Alison estaba cayendo en un profundo pozo de bienestar, y ahí estaban todas estas plantas gigantes.

—¡Ese fue mi sueño también! —Hanna dijo.

—¿Lo fue? —preguntó Emily.

Hanna asintió con la cabeza. —Bueno, más o menos. Había una gran planta igual.

Y creo que vi a Alison también. Tal vez su sombra, pero definitivamente era ella.

—Whoa, —Emily dijo en voz baja. Se miraron entre sí, sus ojos muy abiertos.

—¿Chicas? —Aria dio un paso atrás por la puerta. Estaba muy pálida.

—¿Estás bien? —preguntó Emily.

—¿Dónde está Alison? —Aria arrugó la frente. —¿Y Spencer?

—No lo sé, —dijo Hanna.

En ese momento, Spencer estalló de nuevo en la casa. Todas las chicas saltaron. —

¿Qué? —preguntó ella.

—¿Dónde está Ali? —Hanna preguntó en voz baja.

—No lo sé —susurró Spencer. —Pensé. . . No sé.

Las chicas se quedaron en silencio. Todo lo que podían oír eran las ramas de los árboles deslizándose por las ventanas. Sonaba como si alguien estuviese raspando sus largas uñas contra un plato.

—Creo que quiero ir a casa, —dijo Emily.

A La mañana siguiente, todavía no habían tenido noticias de Alison.

Las chicas se llamaban entre sí para hablar, una llamada de cuatro vías en esta ocasión en lugar de cinco.

—¿Crees que ella está enojada con nosotras? —Hanna preguntó. —Ella parecía toda extraña en la noche.

—Ella esta probablemente donde Katy, —dijo Spencer. Katy era una de las amigas de Ali del hockey sobre césped.

—¿O tal vez con Tiffany, esa chica de campo? —Aria ofreció.

—Estoy segura de que esta en algún lugar divirtiéndose, —dijo Emily en voz baja.

Una por una, ellas recibieron llamadas de la señora DiLaurentis, preguntando si habían oído hablar de Ali. Al principio, las chicas todas, la cubrieron.

Era la regla no escrita: Habían cubierto a Emily cuando se paso de las 23:00 su toque de queda de fin de semana, habían endulzado la verdad para Spencer cuando pidió prestado el abrigo de lona de Ralph Lauren de Melissa y, accidentalmente, lo había dejado en el asiento de un tren, y así sucesivamente. Pero cuando cada una le colgaba a La señora DiLaurentis, una sensación amarga se sentía en el estómago.

Algo se sentía terriblemente mal.

Esa tarde, la señora DiLaurentis llamó de nuevo, esta vez en estado de pánico. Ya por la noche, los DiLaurentis habían llamado a la policía, y a la mañana siguiente había coches de policía y furgonetas de los noticieros acampando en el normalmente prístino jardín delantero de los DiLaurentis. Era el sueño húmedo de un canal de noticias local: una bonita chica rica, perdida en una de las más seguras ciudades de clase alta en el país.

Hanna llamó a Emily, tras ver la primera noche a Ali en las Noticias. —¿Te entrevistó la policía hoy?

—Sí—murmuró Emily.

—A mí también. Tu no les dijiste acerca…—Ella hizo una pausa.

—La cosa de Jenna, ¿verdad?

—¡No! —Emily se sobresaltó.

—¿Por qué? ¿Crees que saben algo?

—No… no podrían, —Hanna susurró después de un segundo.

—Nosotras somos las únicas que lo sabemos. Las cuatro. . . y Alison.

La policía interrogó a las chicas, con practicidad interrogaron a todo el mundo el

Rosewood, desde el instructor de gimnasia de segundo grado de Ali hasta al tipo que le había vendido una vez Marlboros en Wawa. Era el verano antes de octavo grado y las chicas se supone que deberían coquetear con los chicos mayores en fiestas en la piscina, comiendo maíz en los otros los patios traseros, e ir de compras todo el día en el centro comercial King James. En lugar que estaban llorando a solas en sus camas con dosel o mirando sin expresión a sus paredes cubiertas de fotos. Spencer se volvió una compulsiva con la limpieza diaria, revisando lo que su pelea con Ali realmente trataba, y pensando cosas que sabía acerca de Ali que ninguna de las otras sabía. Hanna pasaba muchas horas en el suelo de su dormitorio, escondiendo bolsas de Cheetos vacíos bajo su colchón. Emily no podía dejar de obsesionarse con una carta que había enviado a Ali antes de desaparecer, y si alguna vez Ali la había conseguido. Aria se sentaba en su escritorio con Pigtunia. Poco a poco, las chicas empezaron llamarse unas a otras con menos frecuencia. El mismo pensamiento cazándolas a las cuatro, pero no tenían nada que decirse unas a otras.

El verano se convirtió en el año escolar, que resultó en el próximo verano. Todavía sin Ali. La policía continuó la búsqueda - pero en voz baja. Los medios de comunicación perdieron interés, moviéndose para obsesionarse con un Homicidio

Triple en el Centro de la ciudad. Incluso los DiLaurentis se fueron de Rosewood dos años y medio después de que Alison desapareció. En cuanto a Spencer, Aria,

Emily, y Hanna, algo cambió en ellas, también. Ahora bien, si pasaban por la antigua calle de Ali y miraban a su casa, no entraban en el modo de lloriqueo instantáneo. En su lugar, comenzaron a sentir algo más.

Alivio.

Claro, Alison era Alison. Ella era el paño de lágrimas, La única que deseabas alguna vez llamando a tu enamorado para descubrir cómo se sentía acerca de ti, y la palabra final sobre si tus jeans nuevos hacían ver tu culo grande. Pero las chicas también tenían miedo de ella. Ali sabía más de ellas que ninguna otra, incluyendo las cosas malas que querían enterrar - justo como un cuerpo. Era horrible pensar que Ali podría estar muerta, pero… si ella lo estaba, al menos sus secretos estaban a salvo. Y ellas lo estuvieron. Durante tres años, de todos modos.

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Nota de la traductora

*JV: Junior varsity es el equipo principal de la escuela generalmente integrado por chicos de último

año.

*Ranilla: ligas pequeñas de natación
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:25 pm     Responder citando

Capítulo 1

Naranjas, duraznos y limas. ¡Oh my!

Finalmente alguien compró la vieja casa de los DiLaurentis —dijo la madre de Emily Fields. Era sábado en la tarde, y la Sra. Fields estaba sentada en la mesa de la cocina, bifocales posados en su nariz, haciendo sus cuentas con calma.

Emily sintió la Coca-Cola de vainilla que estaba bebiendo burbujear en su nariz.

—Creo que otra chica de tu edad se mudó allí —continuó la Sra. Fields. —Yo iba a llevar esa cesta hoy. ¿Tal vez quieres hacerlo en mi lugar? —apuntó hacia la monstruosidad de celofán sobre el mostrador.

—Dios, mamá, no —replicó Emily. Desde que se había retirado de la enseñanza en la escuela primaria el año pasado, la madre de Emily se había convertido en la no oficial Dama Wagon de bienvenida en Rosewood, Pensylvania. Ella reunió un millón de cosas al azar -frutos secos, esas cositas de goma que se utilizan para tener frascos abiertos, pollos de cerámica (la mamá de Emily estaba obsesionada con los pollos), una guía de posadas de Rosewood, y otras cosas- en una gran cesta de mimbre de bienvenida. Ella era un prototipo de madre suburbana, menos por la SUV. Ella pensaba que estas eran ostentosas y consumidoras de gasolina, así que ella conducía un Oh-tan-práctico Volvo en su lugar.

La Sra. Fields se levantó y pasó los dedos por el cabello de Emily dañado por el cloro. —¿Te molesta mucho ir allí, cariño? ¿Tal vez debería enviar a Carolyn?

Emily miró a su hermana Carolyn, quien era un año mayor y descansaba cómodamente en el La-Z-Boy en el estudio viendo Dr. Phil. Emily sacudió la cabeza. —No, está bien. Yo lo haré Claro, Emily se quejó un poco y ocasionalmente rodó los ojos. Pero la verdad era, que si su mamá lo pedía, Emily haría todo lo que tenía que hacer. Ella era una casi calificación-A, cuatro veces campeona del estado en nado mariposa y una súper obediente hija. Seguir las reglas y solicitudes era fácil para ella.

Además, en el fondo ella quería una razón para ver la casa de Alison otra vez. Si bien, parecía que el resto de Rosewood había empezado a pasar de la desaparición de Ali desde hace tres años, dos meses y doce días, Emily no. Incluso ahora, no podría mirar el anuario de séptimo grado sin querer acurrucarse como un balón. A veces en días de lluvia, Emily todavía releía las viejas notas de Ali, que guardaba en una caja de zapatos Adidas debajo de su cama. Ella incluso mantenía el par de corduroys de Citizens que Ali le prestó en una percha de madera en su armario, aunque ahora eran demasiados pequeños para ella. Había pasado los últimos años en soledad en Rosewood anhelando otra amiga como Ali, pero eso probablemente no iba a suceder. Ella no había sido una amiga perfecta, pero con todo y sus defectos, Ali era bastante difícil de reemplazar.

Emily se enderezó y cogió las llaves del Volvo del gancho al lado del teléfono. — Vuelvo en un rato —dijo mientras cerraba la puerta del frente detrás de ella.

Lo primero que ella vio cuando arrancó hacia la vieja casa victoriana de Alison al final de la frondosa calle fue una enorme pila de basura en la cuneta y con un gran letrero de ¡GRATIS! visible, ella se dio cuenta que esas eran las cosas de Alison — reconoció el blanco, viejo y mullido cobertor de corduroy de Ali. Los DiLaurentises se habían mudado lejos hacía ya nueve meses. Al parecer, habían dejado algunas cosas atrás.

Ella aparcó detrás de una gigante camioneta de Bekins y salió del Volvo. —Whoa —susurró, tratando de evitar que su labio inferior temblara. Bajo la silla, allí había muchas pilas de libros mugrientos.

Emily llegó hasta allí y miró los lomos. The Red Badge of Courage, The Prince and the Paupper. Ella recordaba haberlos leído en la clase de ingles de la Sra. Pierce en séptimo grado, hablaban sobre simbolismo, metáforas, y desenlace. Allí habían más libros en la parte de abajo, incluyendo algunos que solo lucían como viejos cuadernos. Cajas cerca a los libros; estaban marcadas como ROPA DE ALISON y VIEJOS PAPELES DE ALISON. Asomándose de una caja había una cinta azul y roja. Emily tiró un poco de ella. Era una medalla de natación de sexto grado que ella había dejado en la casa de Alison un día cuando habían inventado un juego llamado Diosas Olímpicas de Sexo.

—¿Quieres eso?

Emily levantó la mirada. Estaba frente a una chica alta y delgada con piel color leonado, y salvaje cabello rizado negro-castaño. La chica llevaba un top amarillo cuya tira se deslizaba de su hombro hasta revelar una tira de sostén naranja y verde. Emily no estaba segura, pero ella pensaba que tenía el mismo sostén en casa. Era de Victoria’s Secret y tenía pequeñas naranjas, duraznos y limas sobre toda la, ejem… parte de los senos. La medalla de natación se deslizó de sus manos y golpeó contra el césped. —Um, no —dijo, luchando por levantarla.

—Puedes tomar cualquier cosa. ¿Miras el letrero?

—No, de verdad, está bien.

La chica extendió su mano. —Maya St. Germain. Me mudé aquí.

—Yo... —las palabras de Emily se obstruyeron en su garganta. —Soy Emily, —ella finalmente habló, tomando la mano de Maya y sacudiéndola. Se sentía realmente formal sacudir la mano de una chica. Emily no estaba segura de que ella hubiera hecho eso antes. Se sintió un poco confusa. ¿Quizás no había comido suficiente Honey Nut Cheerios para el desayuno?

Maya señaló las cosas sobre el césped. —¿Puedes creer que toda esas ******* estaban en mi nueva habitación? Tuve que sacarlas todas yo sola. Eso apesta.

—Sip, todo esto pertenecía a Alison —Emily prácticamente susurró. Maya se inclinó a revisar algunos de los libros de bolsillo.

Ella empujó la tira de su top de vuelta a su hombro. —¿Es una Amiga tuya?

Emily hizo una pausa. ¿Es? ¿Quizás Maya no había escuchado sobre la desaparición de Ali? —Um, ella era. Hace algún tiempo. Al igual que de muchas otras chicas que viven por aquí —explicó Emily, omitiendo la parte sobre el secuestro o muerte o cualquier cosa que debió haber sucedido y que ella no soportaría imaginar. —En séptimo grado. Yo voy al onceavo ahora en el Rosewood Day. —La escuela empezaba después de ese fin de semana. Así que disminuía la práctica de natación, que significaba tres horas diarias de vueltas de nado. Emily ni siquiera quería pensar sobre eso.

—¡Yo también voy a Rosewood! —Maya sonrió. Ella se dejó caer en la vieja silla de Alison, y las ballestas chirriaron. —Mis padres hablaron en el vuelo hasta aquí de cuan afortunada soy de haber entrado en Rosewood y cuan diferente será de mi escuela en California. Apuesto a que aquí no tienen comida Mexicana, ¿verdad? O, al menos, verdadera y buena comida Mexicana, como comida de Cali-Mexican.

Solíamos tenerla en nuestra cafetería y mmm, era tan buena. Voy a tener que ir a Taco Bell. Sus gorditas me hacen querer vomitar.

—Oh —Emily sonrió. Esta chica de verdad hablaba mucho. —Sip, la comida de ese tipo apesta.

Maya saltó de la silla. —Esta debe ser una extraña pregunta desde que apenas te conozco, pero, ¿podrías ayudarme a llevar el resto de estas cajas hasta mi habitación? —Ella indicó hacia unas cuantas cajas de Crate & Barrel situadas cerca a la camioneta.

Los ojos de Emily se agrandaron. ¿Llevarlo a la vieja habitación de Alison? Pero sería totalmente grosero si se reusara, ¿no? —Um, seguro —dijo temblorosamente.

El vestíbulo aún olía a jabón Dove y popurrí —sólo como era cuando los DiLaurentises vivían allí. Emily se detuvo en la puerta y esperó a que Maya le diera instrucciones, incluso aunque ella sabía que encontraría con los ojos vendados la vieja habitación de Ali al final de de la sala de arriba. Las cajas de mudanza estaban por todas partes, y dos galgos larguiruchos italianos* ladraron desde detrás de una puerta en la cocina.

—Ignóralos —dijo Maya, subiendo las escaleras hacia su habitación y empujando la puerta abierta con su cadera.

Wow, luce igual, pensó Emily mientras entraba en la habitación. Pero la cosa era, que no era lo mismo: Maya había puesto su cama tamaño queen en una esquina diferente, tenía una enorme pantalla plana de computador en su escritorio, y había colocado pósters por todas partes, cubriendo la vieja cenefa de Alison.

Pero algo se sentía igual, como si la presencia de Alison estuviera aún flotando allí.

Emily se sintió mareada y confusa y se inclinó contra la pared para apoyarse.

—Ponla en cualquier lugar —dijo Maya. Emily trató de ponerse en pie, puso la caja al pie de la cama, y miró alrededor.

—Me gustan tus pósters —dijo. La mayoría de ellos eran de bandas: MIA, Black Eyed Peas, Gwen Stefani en un uniforme de animadora. —Amo a Gwen —añadió.

—Sip —dijo Maya. —Mi novio está totalmente obsesionado con ella. Su nombre es Justin. Él es de San Francisco, de donde soy yo.

—Oh. Yo también tengo novio —dijo Emily. —Su nombre es Ben.

—¿Sí? —Maya se sentó en su propia cama. —¿Cómo es?

Emily trató de evocar a Ben, su novio de cuatro meses. Lo había visto hace dos días —ellos habían visto el DVD de Doom en la casa de ella. La mamá de Emily estaba en la otra habitación, por supuesto, casualmente molestando, preguntando si ellos necesitaban algo. Ellos habían sido buenos amigos por un tiempo, el mismo tiempo desde que estaban en el equipo de natación. Todos sus compañeros de equipo decían que ellos deberían salir, así que lo hicieron. —Él es genial.

—¿Por qué ya no eres amiga de la chica que vivía aquí? —preguntó Maya.

Emily puso su cabello rubio rojizo detrás de sus orejas. Wow. Así que Maya de verdad no sabía sobre Alison. Sin embargo, si Emily empezaba a hablar de Ali, empezaría a llorar, lo que sería extraño. Ella apenas conocía a ésta chica Maya. — Crecí apartada de todas mis viejas amigas de séptimo grado. Todas cambiaron mucho, supongo.

Esa era una subestimación. De las otras mejores amigas de Emily, Spencer se había convertido en una exagerada versión de su ya híper-auto perfecto yo; la familia de Aria de repente se había mudado a Islandia el otoño después de que Ali hubiera desaparecido; y la adorable y tonta Hanna se había convertido totalmente en poco tonta y no adorable y ahora era una perra total. Hanna y su nueva mejor amiga, Mona Vanderwaal, se habían transformado completamente el verano entre el octavo y el noveno grado. La mamá de Emily recientemente había visto a Hannamentrar en Wawa, la tienda local de conveniencia, y le dijo a Emily que Hanna lucíam“demasiado zorra como esa chica Paris Hilton.” Emily nunca había escuchado a su madre usar la palabra zo*rra.

—Yo sé cómo es crecer apartada —dijo Maya subiendo y bajando en su cama mientras se sentaba. —¿Cómo es mi novio? Él está tan asustado de que lo vaya a abandonar ahora que estamos en diferentes costas. Él es como un bebé grande.

—Mi novio y yo estamos en el equipo de natación, así que nos vemos todo el tiempo —dijo Emily, buscando un lugar para sentarse también. Tal vez demasiado tiempo, pensó.

—¿Nadas? —Preguntó Maya. Ella miró a Emily de arriba abajo, que hizo que Emily se sintiera un poco extraña. —Apuesto a que eres verdaderamente buena.

Tienes buena espalda.

—Oh, no sé— Emily se sonrojó y se inclinó contra el escritorio blanco de madera.

—¡De verdad! —sonrió Maya. —Pero... si eres una gran deportista, ¿eso significa que me matarías si fumo un poco de hierba?

—¿Qué, ahora? —los ojos de Emily se agrandaron. —¿Qué pasa con tus padres?

—Ellos están en el supermercado. Y mi hermano, él está en algún lugar, pero a él no le importará— Maya metió las manos bajo el colchón por una lata de Altoids.

Abrió la ventana que estaba al lado derecho de su cama, sacó un porro y lo encendió. El humo ondeó en el patio e hizo una nube brumosa alrededor de un gran árbol de roble.

Maya inhaló de nuevo el porro. —¿Quieres?

Emily nunca había tratado de fumar en su vida, ella siempre pensó que sus padres lo sabrían de alguna manera, como por el olor de su cabello o forzándola a orinar en un cubo o algo. Pero como Maya ponía el porro graciosamente en sus labios cereza escarchados, lucía sexy. Emily quería verse así de sexy también.

—Um, bien —Emily se deslizó más cerca de Maya y tomó el porro. Sus manos se tocaron y sus ojos se encontraron. Los de Maya eran verdes y un poco amarillos, como los de los gatos. Las manos de Emily temblaban. Ella se sentía nerviosa, pero puso el porro en su boca y dio una diminuta calada, como si estuviera sorbiendo la Coca-Cola de vainilla con una pajita.

Pero eso no sabía como la Coca-Cola de vainilla. Se sentía como si sólo inhalara un tarro de especias podridas. Ella la cortó con una tos como de hombre viejo.

—Whoa —dijo Maya, tomando de nuevo el porro. —¿Primera vez?

Emily no podía respirar y sólo sacudió su cabeza, jadeando. Respiró un poco más, tratando de obtener aire en su pecho. Finalmente sintió el aire en sus pulmones de nuevo. Mientras Maya giraba su brazo, Emily vio una gran y blanca cicatriz descendiente en su muñeca. Whoa. Parecía un poco como una serpiente albina sobre su piel bronceada. Dios, ella probablemente ya estaba drogada.

De repente allí había un fuerte ruido metálico. Emily saltó entonces escuchó el ruido otra vez. —¿Qué es eso? —jadeó.

Maya tomó otra calada y sacudió la cabeza. —Los trabajadores. Estamos aquí hace un día y mis padres ya han empezado las renovaciones. —Sonrió. —Estás totalmente asustada, como si pensaras que los policías estuvieran viniendo. ¿Has estado en una redada antes?

—¡No! —Emily explotó en risas; ese era un pensamiento tan ridículo. Maya sonrió y exhaló. —Debería irme —Emily dijo con tono áspero.

La cara de Maya cayó. —¿Por qué?

Emily arrastró los pies fuera de la cama. —Le dije a mi mamá que sólo pararía por unos minutos. Pero te veré en la escuela el martes.

—Bien —dijo Maya —¿Quizás podrías enseñarme todo por aquí?

Emily sonrió. Seguro.

Maya sonrió y dijo adiós moviendo tres dedos. —¿Sabes cómo encontrar el camino de salida?

—Eso creo —Emily dijo mirando una vez más la habitación de Ali, er, de Maya, y entonces caminó hacia las escaleras demasiado-familiares.

No fue hasta que Emily sacudió su cabeza afuera en el aire libre, pasó por todas las viejas cosas de Alison en la cuneta, y se subió de vuelta al auto de sus padres, que ella vio la cesta de bienvenida en el asiento trasero. Joder, pensó, dejando la canasta entre la vieja silla de Alison y sus cajas de libros. ¿Quién necesita una guía de Rosewood, de cualquier manera? Maya ya vive aquí.

Y Emily de repente estaba feliz de que ella lo hiciera.
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:27 pm     Responder citando

Capítulo 2

Las chicas de Islandia (y Finlandia) son fáciles.

Oh, Dios mío, árboles. Estoy tan feliz de ver grandes y frondosos árboles.

El hermano de quince años de Aria Montgomery, Michelangelo, sacó su cabeza de la ventana del Outback de la familia como un Goldfen Retriever. Aria; sus padres, Ella y Byron —ellos querían que sus hijos los llamaran por sus nombres— y Mike estaban manejando de vuelta del Aeropuerto Internacional de Filadelfia. Se habían bajado de un vuelo de Reykjavik, Islandia. El papá de Aria era un profesor de historia del arte, y la familia había pasado los últimos dos años en Islandia mientras él ayudaba en la investigación para un documental de televisión sobre el arte escandinavo. Ahora que ellos estaban de vuelta, Mike estaba maravillándose por el escenario local de Pensilvania. Y eso significaba… Cada. Única. Cosa. El mesón de piedra de la era 1700 que vendía jarrones de cerámica ornamentada; las vacas negras mirando sin decir nada al auto detrás de una cerca de madera en la carretera; el centro comercial estilo villa de Nueva Inglaterra que había aparecido desde que se habían ido. Incluso el sórdido Dunkin’ Donuts de veinticinco años.

—¡Hombre, no puedo esperar a tener una Coolatta! —Mike gorgoteó.

Aria gimió. Mike había pasado un par de años solo en Islandia -él reclamaba que todos los islandeses eran “estúpidos que montaban pequeños y homosexuales caballos”- pero Aria había florecido. Un nuevo comienzo había sido lo que necesitó todo el tiempo, así que estaba feliz cuando su papá hizo el anuncio de que su familia se mudaría. Ese fue el verano después de la desaparición de Alison, y las chicas empezaron a apartarse, dejándola sin ninguna amiga real, sólo una escuela llena de personas que había conocido desde siempre.

Antes de que dejara Europa, Aria a veces veía a los chicos de lejos, intrigada, pero luego miraba hacia otro lado. Con su inquieto cuerpo de bailarina de ballet, cabello lacio negro, y labios sensuales, Aria sabía que era linda. Las personas siempre lo decían, ¿pero por qué ella no había tenido una cita en el séptimo grado, entonces?

Una de las últimas veces que había estado con Spencer -uno de los más incómodos momentos juntas ese verano después de que Ali desapareció- Spencer le dijo a Aria que probablemente tendría muchas citas si sólo tratara de encajar un poco más.

Pero Aria no sabía cómo encajar. Sus padres habían impuesto en su cabeza que era un individuo, no una seguidora del rebaño, y debería ser ella misma. El problema era que Aria no estaba segura de quien era Aria. Desde que tenía once años, había tratado con la punk Aria, la artística Aria, la filme de documental Aria y, antes de que se mudaran, había incluso tratado la Aria ideal de Rosewood, la que monta caballo, la que viste camisetas Polo, la chica de bolso que era todo lo que los chicos de Rosewood amaban, pero todo lo que no era Aria. Afortunadamente, ellos se mudaron a Islandia dos semanas después de ese desastre, y en Islandia, todo, todo, todo cambió.

Su padre obtuvo la oferta de trabajo en Islandia después de que Aria empezara el octavo grado, y su familia hizo las maletas. Sospechaba que lo habían dejado rápidamente por el secreto de su padre que sólo ella -y Alison DiLaurentisconocía.

Había jurado no pensar sobre eso otra vez al minuto en que el avión despegara, y después de vivir en Reykjavik por algunos meses, Rosewood se convirtió en un recuerdo lejano. Sus padres parecían caer de nuevo enamorados e incluso su hermano totalmente provincial aprendió a hablar islandés y francés. Y Aria cayó enamorada… algunas veces, de hecho.

¿Así que, qué si los chicos de Rosewood no les gustaba la rareza de Aria? Los islandeses -ricos, mundanos, y fascinantes islandeses- seguro lo hicieron. Y al instante en que se mudaron allí, conoció a un chico llamado Hallbjom. Tenía diecisiete años, un DJ, tenía tres ponis y la más bella estructura ósea que ella nunca había visto. Se ofreció a llevarla a los geiseres de Islandia, y luego, cuando vieron un murmullo y éstos dejaron una gran nube de vapor, él la besó. Después de Hallbjorn fue Lars, a quien le gustaba jugar con su viejo títere, Pigtunia -la que aconsejaba a Aria sobre su vida amorosa- y le dio la mejor fiesta toda la noche en el puerto. Se sentía adorable y sexy en Islandia. Allí, se convirtió en Aria la islandesa, la mejor Aria hasta ahora. Encontró su estilo -uno entre bohemio y hipster girl, con un montón de capas, botas con cordones, y vaqueros APC, que compró en un viaje a París- leyó a filósofos franceses, viajó en el Eurail, con sólo un anticuado mapa y un solo cambio de ropa interior.

Pero ahora, cada visión de Rosewood desde la ventana del auto, le recordaba el pasado que quería olvidar. Allí estaba el Ferra’s Cheesesteaks, donde pasó horas con sus amigas de la escuela. Allí estaba el club country de la piedra cerrada, sus padres no pertenecían, pero había ido con Spencer una vez; sintiéndose atrevida, Aria había caminado hacia su amor platónico, Noel Kahn y le preguntó si quería compartir un sándwich de helado con ella. Él la rechazó con frialdad, por supuesto.

Y allí estaba el sol, la línea de árboles, la carretera donde Alison DiLaurentis solía vivir. Mientras el auto se detenía en el cuarto símbolo de pare, Aria miró fijamente; podía verla, la segunda casa de la esquina. Allí había un montón de basura en la acera, pero por otra parte, la casa estaba tranquila y en silencio. Podía verla sólo un momento antes de cubrir sus ojos. En Islandia, los días pasaban y casi podía olvidarse de Ali, de sus secretos, y de lo que había sucedido. Había estado de vuelta en Rosewood por menos de diez minutos, y Aria prácticamente podía escuchar la voz de Ali en cada recodo de la calle y veía su reflejo en la ventana de cada casa. Se hundió en su asiento, tratando de no llorar.

Su padre continuó por unas cuantas calles, hasta detenerse en su vieja casa, de un posmoderno marrón oscuro con una sola ventana cuadrada, justo en el centro, una decepción enorme después de la casa adosada frente al mar azul desteñido de Islandia. Aria siguió a sus padres dentro y entraron en habitaciones separadas.

Escuchó a Mike contestar su móvil afuera y giró sus manos hacia el brillante polvo flotando en el aire.

—¡Mamá! —Mike corrió hacia la puerta del frente—. Hablé con Chad, y dice que las primeras pruebas de lacrosse son hoy.

—¿Lacrosse? —Ella salió del comedor—. ¿Ahora?

—Sí —dijo Mike—. ¡Yo voy! —Corrió por las escaleras hacia su vieja habitación.

—¿Aria, cariño? —La voz de su madre la hizo volverse—. ¿Puedes llevar a Mike a la práctica?

Aria dejó escapar una pequeña risa.

—¿Um, mamá? No tengo mi licencia.

—¿Y? Conducías todo el tiempo en Reykjavik. El campo de lacrosse sólo está a un par de millas, ¿no? Lo peor que puede pasar, es que golpees una vaca. Solamente espera hasta que él haya terminado.

Aria se detuvo. Su madre ya sonaba agotada. Escuchó a su papá en la cocina abriendo y cerrando gabinetes y farfullando en voz baja. ¿Podrían sus padres amarse aquí como lo hacían en Islandia? ¿O podrían las cosas volver a ser como solían ser?

—Bien —murmuró. Dejó sus maletas en el pasillo, agarró las llaves del auto, y se deslizó en el asiento delantero.

Su hermano se subió a su lado, asombrosamente vestido con su equipo. Golpeó la red de su palo entusiasmadamente, le dio una conocedora y malvada sonrisa.

—¿Feliz de volver?

Aria solamente suspiró en respuesta. Todo el camino, Mike tuvo sus manos presionadas contra la ventana del auto, gritando cosas como, “¡Allí está la casa de Caleb! ¡Derribaron la rampa de skate!” y “¡La ******* de las vacas huele igual!” En el vasto, y bien cortado campo de práctica, ella apenas había detenido el auto cuando Mike abrió la puerta e inmediatamente salió.

Se deslizó de nuevo en el asiento, mirando hacia el techo, y respiró. “Emocionada de volver,” murmuró. Un globo aerostático flotaba serenamente a través de las nubes. Solía ser tan placentero verlos, pero hoy ella no estaba centrada en eso, cerró un ojo, y pretendió aplastar el globo entre su pulgar e índice.

Un montón de chicos en camisetas blancas de Nike, pantalones cortos holgados, y gorras de béisbol volteadas caminaban lentamente cerca de su auto hacia la casa en el campo. ¿Ves? Todos los chicos de Rosewood eran copias exactas. Aria parpadeó.

Uno de ellos incluso estaba vistiendo la misma camiseta Nike de la Universidad de Pennsylvania que Noel Kahn, el chico del sándwich de helado que amaba en octavo grado, solía llevar. Miró el ondulado cabello negro del chico. Espera. ¿Ese era… él? Oh Dios. Era él. Aria no podía creer que estuviera llevando la misma camiseta que vestía cuando tenía trece años. Probablemente lo hacía por suerte o alguna otra extraña superstición de deportista.

Noel la miró de soslayo, entonces, caminó hacia su auto y golpeó en la ventana.

Ella la bajó.

—¿Eres esa chica que se fue al Polo Norte, Aria, cierto? ¿Eras la amiga de Ali D? — Noel continuó.

El estómago de Aria se desplomó.

—Um —dijo.

—No, hombre —James Freed, el segundo chico más caliente en Rosewood, vino detrás de Noel—. Ella no se fue al Polo Norte, fue a Finlandia. Ya sabes, de donde es esa modelo Svetlana. ¿La que se parece a Hanna?

Aria se frotó la parte trasera de su cabeza. ¿Hanna? ¿Hanna Marin?

Un silbato sonó, y Noel metió la mano en el auto y tocó el brazo de Aria.

—¿Te vas a quedar y mirarás la práctica, cierto, Finlandia?

—Uh… ja — dijo Aria.

—¿Qué es eso, un gruñido finlandés de sexo? —rió James.

Aria rodó los ojos. Estaba muy segura de que ja era el finlandés para sí, pero por supuesto, estos chicos no sabían eso.

—Que se diviertan jugando con sus bolas. —Sonrió con cansancio.

Los chicos se empujaron entre ellos, entonces, se alejaron, golpeando sus palos de

lacrosse de aquí para allá incluso antes de llegar al campo. Aria miró por la ventana. Cuan irónico. Esta era la primera vez que había coqueteado con un chico

en Rosewood —especialmente Noel— y a ella incluso no le importó.

A través de los árboles, podía distinguir la aguja que pertenecía a la capilla del Hollis College, la pequeña escuela liberal de arte donde su padre enseñaba. En la calle principal del Hollis había un bar, Snookers. Se enderezó y miró su reloj. Dos treinta. Éste debería estar abierto. Podía ir y tomar una cerveza o dos y tratar de divertirse.

Y oye, quizás la cerveza podría hacer que los chicos de Rosewood lucieran bien.

* * *

Los bares en Reykjavik olían a cerveza recién hecha, madera vieja, y cigarrillos franceses, Snookers olía a una mezcla de cuerpos muertos, perros calientes podridos y sudor. Y Rosewood como todo lo demás en Rosewood, le traía recuerdos: Una noche de viernes, Alison DiLaurentis había desafiado a Aria a ir a Snookers y ordenar un screaming orgasm. Aria había esperado en la fila detrás de unos chicos ricos de universidad, y cuando el bravucón no le permitió entrar, ella se quejó, “Pero mi screaming orgasm está allí.” Entonces, se dio cuenta de lo que había dicho y huyó hacia sus amigas, que estaban agachadas detrás de un auto en el aparcamiento. Todas rieron tan fuerte que tuvieron hipo.

—Amstel —dijo al barman después de cruzar los paneles de vidrio de la puerta delantera, aparentemente allí no necesitaban un bravucón a las dos treinta de un sábado. El barman la miró con duda pero entonces puso una cerveza en frente de ella y se alejó. Aria tomó un gran sorbo. Sabía suave y aguada. La escupió de vuelta en el vaso.

—¿Está todo bien aquí?

Aria se giró. A tres taburetes estaba un tipo con cabello rubio desordenado y ojos azul hielo como de un perro siberiano. Estaba mirando algo en un pequeño vaso.

Aria frunció el ceño.

—Sí, olvidé cómo sabía la cerveza aquí. He estado en Europa por dos años. La cerveza es mejor allá.

—¿Europa? —El tipo sonrió. Tenía una hermosa sonrisa—. ¿Dónde?

Aria sonrió de vuelta.

—Islandia.

Sus ojos se iluminaron.

—Una vez pasé unas noches en Reykjavik en mi camino a Ámsterdam. Allí había una gran y sorprendente fiesta en el puerto.

Aria puso sus manos alrededor del vaso de cerveza.

—Sí —dijo, sonriendo—. Ellos tienen las mejores fiestas allá.

—¿Estuviste allá para las luces del norte?

—Por supuesto —respondió Aria—. Y el sol de medianoche. Teníamos esas increíbles reuniones en verano… con la mejor música —Ella miró a su vaso—. ¿Qué estás tomando?

—Scotch —dijo él, ya señalando al barman—. ¿Quieres una?

Ella asintió. El hombre corrió los tres taburetes hacia ella. Tenía unas manos lindas con largos dedos y uñas ligeramente rotas. Llevaba un pequeño botón en su chaqueta de pana que decía, ¡LAS MUJERES INTELIGENTES VOTAN!

—¿Así que vivías en Islandia? —sonrió de nuevo—. ¿Igual que un año de estudio en el exterior?

—Bueno, no —dijo Aria. El barman puso la Scotch frente a ella. Tomó un gran trago de cerveza. Su garganta y pecho inmediatamente crepitaron—. Yo estaba en Islandia porque…

Se detuvo.

—Sí, era mi, uh, año en el exterior. —Permitiendo que pensara lo que él quisiera.

—Genial —asintió—. ¿Dónde estuviste antes de eso?

Se encogió de hombros.

—Um… aquí en Rosewood —sonrió y rápidamente agregó—. Pero me gustó estar allá, es mucho mejor.

Él asintió.

—Yo estaba totalmente deprimido de venir a Estados Unidos después de Ámsterdam.

—Lloré todo el tiempo de vuelta a casa. —Admitió Aria, sintiéndose ella misma — su nueva y mejorada yo islandesa— por primera vez desde que había regresado.

No sólo era ella hablando con un lindo e inteligente chico sobre Europa, sino que éste debería ser el único chico en Rosewood que no conocía a su Aria de Rosewood, la extraña amiga de una hermosa chica desaparecida—. Así que, ¿vas a la escuela aquí? —preguntó.

—Ya me gradué. —Se limpió la boca con una servilleta y encendió un Camel. Le ofreció a ella uno del paquete, pero sacudió la cabeza—. Ahora hago algo de enseñanza.

Aria tomó otro trago de su Scotch y se dio cuenta de que ya se había acabado.

Wow.

—Me gustaría enseñar, creo. Una vez que termine la escuela. O eso, o escribir obras.

—¿Sí? ¿Obras? ¿Cuál es tu especialidad?

—¿Um, Inglés? —El barman puso otra Scotch en frente de ella.

—¡Eso es lo que estoy enseñando! —él dijo. Mientras lo decía, puso su mano en la rodilla de Aria. Estaba tan sorprendida que retrocedió y casi bota su bebida. Él alejó su mano. Ella se sonrojó.

—Lo siento —dijo, un poco avergonzado—. Soy Ezra, por cierto.

—Aria. —De repente su nombre sonaba gracioso. Soltó una risita, perdió el equilibrio.

—Whoa. —Ezra agarró su brazo para estabilizarla.

Tres Scotches después, Aria y Ezra habían establecido que ambos habían conocido al mismo viejo marinero barman en el bar Borg en Reykjavik, que amaban la forma en que bañarse en la laguna azul rica en minerales los hacía sentir somnolientos, y realmente les gustó el olor a huevo podrido de azufre en las aguas termales. Los ojos de Ezra eran muy azules y por un momento Aria quiso preguntar si él tenía novia. Ella se sentía cálida por dentro y muy segura de que no era sólo por la Scotch.

—Tengo que ir al baño —dijo Aria.

Ezra sonrió.

—¿Puedo ir?

Bueno, eso responde a la pregunta de la novia.

—Quiero decir, uh…—él frotó la parte trasera de su cuello—. ¿Fue eso demasiado de mi parte? —preguntó, mirando bajo sus cejas fruncidas.

Su cerebro zumbó. Liarse con un extraño no era algo que realmente hiciera, al menos no en Estados Unidos. ¿Pero no había dicho que quería ser la Aria islandesa?

Se levantó y tomó sus manos. Ellos se miraron todo el camino hacia el baño de mujeres de Snookers. Allí había papel higiénico sobre todo el piso y olía incluso peor que el resto del bar, pero a Aria no le importó. Mientras Ezra la levantó sobre el lavamanos y ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, todo lo que podía oler era su esencia -una combinación de Scotch, canela, y sudor- y nunca algo había olido tan dulce.

Como decían en Finlandia o en donde quiera, ja.
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:28 pm     Responder citando

Capítulo 3

El primer prendedor de Hanna

-Y aparentemente ¡estaban teniendo sexo en la habitación de los padres de Bethany!

Hanna Marin miró fijamente a su mejor amiga, Mona Vanderwaal, a través de la mesa. Era dos días antes de que la escuela comenzara y estaban sentadas en la terraza del café inspirado en Francia, Rive Gauche, en el centro comercial King James, tomando vino tinto, comparando Vogue con Teen Vogue, y contando

chismes. Mona siempre conocía la mejor basura de las personas. Hanna tomó otro sorbo de vino y notó a un tipo de unos cuarenta y tanto mirando lascivamente hacia ellas. Un normal Humbert Humbert*, pensó Hanna, pero no lo dijo en voz alta. Mona no comprendería la referencia literaria, pero sólo porque Hanna era la chica más solicitada en Rosewood Day no quería decir que estuviera por encima de probar los libros de lectura recomendada para el verano en Rosewood Day de vez en cuando, especialmente cuando estaba acostada a lado de su piscina con nada para hacer. Además Lolita parecía deliciosamente sucio.

Mona se giró alrededor para ver a quién estaba mirando Hanna. Sus labios se curvaron hacia arriba en una traviesa sonrisa. —Deberíamos deslumbrarlo.

—¿A la cuenta de tres? —Los ojos ámbar de Hanna se ensancharon. Mona asintió.

A la de tres, las chicas lentamente levantaron el dobladillo de sus ya por-las-nubes minis, enseñando sus pantys. Los ojos de Humbert se sobresaltaron y derribó el vaso de Pinot sobre la entrepierna de sus caquis. —¡Mie*rda! —gritó antes de salir disparado hacia el baño.

—Lindo —dijo Mona. Tiraron sus servilletas sobre sus ensaladas sin comer y se prepararon para marcharse.

Se habían hecho amigas el verano entre octavo y noveno grado, cuando ambas habían sido echadas de las pruebas para animadoras de primer año de Rosewood.

Juraron que entrarían al equipo al año siguiente, decidieron perder toneladas de peso –así podrían ser las lindas y alegres chicas que los chicos arrojaban al aire.

Pero una vez que consiguieron ser flacas y magníficas, decidieron que animar había pasado y que las animadoras eras perdedoras, entonces nunca se molestaron en volver a hacer la prueba para entrar al equipo.

Desde entonces, Hanna y Mona compartían todo, bueno, casi todo. Hanna no le había dicho a Mona cómo había perdido peso tan rápidamente. Era demasiado grotesco como para hablar de eso. Mientras que una dura dieta de semillas de fruta era sexy y admirable, no había nada, nada glamoroso sobre comer una tonelada de basura mantecosa, grasienta y de preferencia llena de queso y luego vomitar todo eso. Pero Hanna estaba por sobre ese pequeño mal hábito por ahora, entonces realmente no importaba.

—Sabes que ese tipo había metido la pata —susurró Mona, reuniendo las revistas en un montón. —¿Qué va a pensar Sean?

—Se reirá —dijo Hanna.

—Uh, no pienso eso.

Hanna se encogió de hombres. —Podría.

Mona resopló. —Si, deslumbrando a extraños va bien con una promesa de virginidad.

Hanna miró hacia abajo a sus tacos morados Michael Kors. La promesa de virginidad. Hanna era increíblemente popular, tenía un extraordinariamente caliente novio, Sean Ackard -el chico que había deseado desde séptimo grado- que se había estado comportando un poco extraño últimamente. Él siempre había sido el Sr. All-American Boy Scout*- mientras era voluntario en su antiguo hogar y sirviendo pavo a los sin casa en el Día de Acción de Gracias –pero anoche, cuando Hanna, Sean, Mona, y un puñado de otros chicos pasaban el rato en el jacuzzi de cedro de Jim Freed, encubiertamente bebiendo Coronas (marca de cerveza), Sean había tomado un mando de All-American Boy Scout. Había anunciado, un poco orgullosamente, que había firmado una “promesa” de virginidad y había prometido no tener sexo antes del matrimonio. Todos, Hanna incluida, habían estado demasiado atontados para responder.

—Él no hablaba en serio —dijo Hanna con seguridad. ¿Cómo podría haberlo hecho? Un puñado de niños firmaban la promesa; Hanna calculaba que sólo era una tendencia pasajera, como esos brazaletes de Lance Armstrong o Yogalates*.

—¿Tú crees? —Mona sonrió con satisfacción, apartando su largo flequillo fuera de sus ojos. —Vamos a ver qué sucede en la fiesta de Noel el próximo viernes.

Hanna apretó sus dientes. Parecía como si Mona se estuviera riendo de ella. — Quiero ir de compras —dijo, levantándose.

—¿Qué te parece Tiffany’s? —preguntó Mona.

—Sensacional.

Dieron un paseo por la nueva sección de lujo del centro comercial King James, que tenía un Burberry, un Tiffany’s, un Gucci, y un Coach; olía al último perfume de Michael Kors; y estaba abarrotado de chicas lindas de-regreso-a-preparatoria con sus bellas mamás. En un viaje de compras a solas hace unas semanas atrás, Hanna había visto a su antigua amiga Spencer Hastings deslizándose un nuevo Kate Spade, y recordaba cómo ella solía hacer una orden especial de una temporada entera que valía la pena de bolsos de hombro de nylon desde Nueva York.

Hanna se sintió divertida por saber ese tipo de detalles sobre alguien de la cual ya no era amiga. Y mientras veía a Spencer examinando las valijas Kate Spade de cuero, Hanna se preguntó si Spencer estaba pensando lo que ella estaba pensando: esta nueva ala del centro comercial era justo el tipo de lugar que Ali DiLaurentis hubiera amado. Hanna a menudo pensaba en todas las cosas que Ali se había perdido – la fogata de regreso a casa el año pasado, la fiesta de karaoke de Lauren Ryan para sus dulces dieciséis en la mansión de su familia, el regreso de los zapatos de punta redonda, las fundas de cuero para iPod nano Channel… iPod nanos, en general. Pero ¿la cosa más grande que Ali se había perdido? El cambio de imagen de Hanna, por supuesto –y lo que ella había hecho fue como un cañonazo. A veces, cuando Hanna daba vueltas en frente de su espejo de cuerpo entero, pretendía que Ali estaba sentada detrás de ella, criticando sus conjuntos de la forma en que solía hacerlo. Hanna había desperdiciado tantos años siendo una gorda y pegajosa perdedora, pero las cosas eran tan diferentes ahora.

Ella y Mona se dirigieron hacia Tiffany’s; estaba lleno de vidrio, cromo, y luces blancas que hacían que los impecables diamantes brillaran incluso más. Mona merodeaba alrededor de las vitrinas y entonces levantó las cejas hacia Hanna.

—¿Tal vez un collar?

—¿Qué hay sobre un encantador brazalete?

—Perfecto.

Caminaron hacia la vitrina y miraron el encantador brazalete de plata con un prendedor en forma de corazón. —Tan lindo —suspiró Mona.

—¿Interesadas? —Preguntó una elegante dependienta mayor.

—Oh, no lo sé —dijo Hanna.

—Te viene bien. —La mujer abrió la vitrina y tanteó alrededor por el brazalete. — Está en todas las revistas.

Hanna le dio un codazo a Mona. —Pruébatelo tú.

Mona lo deslizó en su muñeca. —Es verdaderamente hermoso. —Entonces la mujer se giró hacia otro cliente. Cuando lo hizo, Mona deslizó el brazalete fuera de su muñeca y lo metió dentro de su bolsillo. Al mismo tiempo, Hanna apretó sus labios y le hizo señas a otra dependienta, una chica de cabello rubio-miel que usaba brillo labial color coral.

—¿Puedo probarme ese brazalete de ahí, el con el amuleto redondo?

—¡Seguro!— La chica abrió la vitrina. —Tengo uno de esos para mí.

—¿Qué hay sobre los aros a juego, también?— Hanna los señaló.

—Por supuesto.

Mona se había movido hacia los diamantes. Hanna sostuvo los aros y el brazalete en sus manos. Juntos, eran $350. Repentinamente, un enjambre de chicas japonesas abarrotaron el mostrador, todas señalando a otro brazalete con un amuleto redondo en la vitrina de vidrio. Hanna examinó el techo en busca de cámaras y las puertas por detectores.

—Oh, Hanna, ¡ven a ver el Lucero! —gritó Mona.

Hanna se detuvo. El tiempo se hizo más lento. Deslizó el brazalete en su muñeca y luego lo movió más arriba dentro de su manga. Atoró los aros en su monedero color cereza con las iniciales Louis Vuitton grabadas. El corazón de Hanna golpeaba con fuerza. Esta era la mejor parte de tomar cosas: la sensación de anticipación. Se sentía toda agitada y viva.

Mona señaló con la mano un anillo de diamante hacia ella. —¿No se vería bien en mí?

—Vamos. —Hanna agarró su brazo. —Vamos a Coach.

—¿No te quieres probar alguno? —Mona puso mala cara. Ella siempre paraba después de que sabía que Hanna había hecho el trabajo.

—Nah —dijo Hanna. —Los bolsos están gritando nuestros nombres. —Sentía la cadena de plata del brazalete presionando gentilmente en un brazo. Tenía que conseguir salir de ahí mientras las chicas japonesas todavía estaban haciendo alboroto alrededor del mostrador. La dependienta no había vuelto a mirar en su dirección.

—Bien —dijo Mona dramáticamente. Tomó el anillo -sosteniéndolo por sus diamantes, lo que incluso Hanna sabía que se suponía no debías hacer- de regreso a la dependienta. —Esos diamantes son muy pequeños —dijo. —Lo siento.

—Tenemos otros —intentó la mujer.

—Vamos —dijo Hanna, agarrando el brazo de Mona. Su corazón martilleaba mientras hilaban su camino por Tiffany’s. El amuleto tintineó en su muñeca, pero mantuvo su manga tirada hacia abajo. Hanna era una experimentada professional en esto –primero había sido el dulce suelto en la tienda abierta las veinticuatro horas Wawa, luego CDs de Tower, luego camisetas de bebé de Ralph Lauren –y se sentía más grande y más poderosa cada vez. Cerró sus ojos y cruzó el umbral, preparándose a sí misma para que las alarmas se dispararan.

Pero nada pasó. Estaban fuera.

Mona apretó su mano. —¿Conseguiste uno también?

—Por supuesto. —Movió el brazalete alrededor de su muñeca. —Y estos. —Abrió el monedero y le mostró a Mona los aros.

—Mie*rda. —Los ojos de Mona se ensancharon.

Hanna sonrió. A veces se sentía tan bien superar a tu mejor amiga. No queriendo traer mala suerte, se alejó rápidamente de Tiffany’s y escuchó por si alguien las venía persiguiendo. El único ruido, sin embargo, era el borboteo de la fuente y una versión de Muzak de —¡Oops! I Did It Again*.

Oh sí, lo hice, pensó Hanna.

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Nota de la traductora

*Humbert Humbert: es el seudónimo adoptado por el protagonista y narrador de la novela Lolita.

Humbert es un profesor de poesía francesa divorciado que visita los Estados Unidos y se enamora

de Dolores Haze, una niña de doce años apodada “Lolita”.

*Chicos exploradores de América.

*Mezcla entre yoga y Pilates.

*Conocida canción de Britney Spears.
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Capítulo 4

Spencer camina por las Tablas.

-Cariño, no debes comer mejillones con las manos. No está bien.

Spencer Hastings miró a través de la mesa a su madre, Verónica, que nerviosamente deslizaba sus manos a través de su perfectamente destacado cabello rubio cenizo. —Lo siento —dijo Spencer, tomando el ridículamente pequeño tenedor para comer mejillones.

—Realmente no creo que Melissa deba estar viviendo en la casa de la ciudad con todo ese polvo. —La Sra. Hastings dijo a su esposo, ignorando la disculpa de Spencer.

Peter Hastings rodó su cuello. Cuando él no estaba ejerciendo la abogacía, estaba montando bicicleta furiosamente en todos los caminos de Rosewood con apretadas y coloridas camisetas y pantalones, agitando el puño al pasar a los autos. Todo ese ciclismo le daba un dolor crónico en sus hombros.

—¡Todo ese martilleo! No sé cómo ella consiguió terminar sus estudios — continuó la Sra. Hastings.

Spencer y sus padres estaban sentados en el Moshulu, un restaurante a bordo de un barco en el puerto de Filadelfia, esperando para que la hermana de Spencer, Melissa, los encontrara para cenar. Era una gran cena de celebración porque Melissa se había graduado de la licenciatura en U Penn un año antes y había entrado en la Escuela de Negocios Penn Wharton. La casa del centro de la ciudad de Filadelfia estaba siendo reformada como un regalo de sus padres para Melissa.

En sólo dos días, Spencer estaría empezando su tercer año en Rosewood y tendría que entregarse al calendario del año lleno: cinco AP’s*, capacitación en liderazgo, campaña de organización de caridad, la edición del anuario, audiciones de drama, practicas de hockey, y enviar solicitudes lo antes posible para el programa de verano, ya que todos sabían que la mejor manera de lograr entrar en Iv* era entrar en uno de sus campamentos de verano pre-College. Pero había una cosa que Spencer había esperado este año: mudarse al granero remodelado que estaba en la parte trasera de la propiedad de su familia. Conforme con sus padres, este era el camino perfecto para prepararla para el College —¡Solo mira cómo había funcionado con Melissa! Decían. Pero Spencer estaba feliz de seguir los pasos de su hermana en este caso, ya que ellos la condujeron a la tranquila y luminosa casa de huéspedes donde Spencer escaparía de sus padres y sus constantes ladridos de labradoodles.*

Las hermanas tenían una tranquila y larga rivalidad en la que Spencer había perdido siempre: Spencer había ganado el Premio Presidencial al Estado Físico cuatro veces en la primaria; Melissa lo había ganado cinco. Spencer obtuvo el segundo lugar en el concurso de geografía del séptimo grado, Melissa obtuvo el primero. Spencer estaba en el comité del anuario, en todas las obras de la escuela, y estaba tomando cinco clases AP este año; Melissa había hecho todas estas cosas en su tercer año además de trabajar en la granja de caballos de su madre y entrenaba para la maratón de Filadelfia por la investigación de la leucemia. No importaba cuan altos eran los GPA* de Spencer o cuantas actividades extra-curriculares ella pusiera en su horario, nunca estaría cerca del nivel de perfección de Melissa.

Spencer tomó otro mejillón con sus dedos y lo metió en su boca. Su papá amaba ese restaurante, con esos oscuros revestimientos de manera, gruesos tapetes orientales, y el embriagador olor de mantequilla, vino tinto, y aire salado. Sentados entre mástiles y velas, se sentía como si pudieras saltar sobre la borda hacía el puerto. Spencer miró hacia la Rivera Schuylkill al gran burbujeante acuario en

Camden, Nueva Jersey. Un barco enorme de fiesta decorado con luces navideñas flotaba junto a ello. Alguien disparó juegos artificiales amarillos frente a la cubierta. Ese bote estaba teniendo más diversión del que el de ello estaba teniendo.

—¿Cuál es el nombre del amigo de Melissa? —su madre murmuró.

—Creo que es Wren —Spencer dijo. En su cabeza, ella añadió, al igual que las aves flacas.

—Ella me dijo que él estaba estudiando para ser doctor. —Su madre dijo.— En U Penn.

—Claro que sí —Spencer dijo con voz cantarina. Masticó un pedazo de concha de mejillón e hizo una mueca de dolor. Melissa estaba trayendo a su novio de dos meses a cenar. La familia todavía no lo conocía -él había estado visitando a su familia o algo así- pero los novios de Melissa eran todos iguales: guapos como de libros de texto, de buenos modales, jugadores de golf. Melissa no tenía una pizca de creatividad en su cuerpo y claramente buscaba la misma predecibilidad en sus novios.

—¡Mamá! —una familiar voz llamó detrás de Spencer.

Melissa se abalanzó al otro lado de la mesa y dio a sus padres un gran beso. No había cambiado desde la secundaria: su cabello rubio-cenizo estaba cortado en puntas hasta su barbilla, no llevaba maquillaje excepto por un poco de base, y vestía un desaliñado vestido amarillo de cuello cuadrado, una chaqueta de color rosa con perlas de botones, y los zapatos de tacón kitten casi lindos.

—¡Cariño! —su madre gritó.

—Mamá, papá, aquí está Wren —Melissa puso la mano en alguien a su lado.

Spencer trató de mantener su boca cerrada. No había nada de flaco, como pájaro, o libro de texto en Wren. Él era alto y larguirucho y vestía una bellamente cortada camisa Thomas Pink. Su cabello negro estaba cortado en un estilo largo, enmarañado y desaliñado. Tenía piel hermosa, altos pómulos, y ojos almendrados.

Wren sacudió las manos de sus padres y se sentó en la mesa. Melissa le preguntó a su mamá algo sobre a dónde enviar la cuenta del fontanero, mientras Spencer esperaba ser presentada. Wren pretendió estar realmente interesado en el descomunal vaso de vino.

—Soy Spencer —ella dijo finalmente. Se preguntó si su respiración olía a mejillones. —La otra hija —Spencer asintió hacia el otro lado de la mesa —La que ellos mantienen en el sótano.

—Oh —Wren sonrió. —Genial.

¿Era ese un acento británico el que escuchó? —¿No es extraño que ellos no te han preguntado una sola cosa sobre ti? —Spencer señaló a sus padres. Ahora ellos estaban hablando sobre contratistas y la mejor manera para usar en el suelo de la sala.

Wren se encogió de hombros, y entonces susurró, —Un poco —él guiñó.

De repente, Melissa agarró la mano de Wren. —Oh, mira ya la has conocido — dijo ella.

—Sí —sonrió él— No me dijiste que tenías una hermana.

Claro que ella no lo había hecho.

—Así que, Melissa —la Sra. Hastings dijo— Papi y yo estamos hablando sobre dónde deberías quedarte mientras las renovaciones pasan. Y he pensado en algo.

¿Por qué no vienes a Rosewood a vivir con nosotros por un par de meses? Puedes viajar diariamente a Penn; sabes cuán fácil es.

Melissa arrugó su nariz. Por favor di no, por favor di no, Spencer pensó.

—Bueno —Melissa ajustó la correa de su vestido amarillo. Cuanto más Spencer se quedaba mirándolo, más el color hacía lucir a Melissa como si ella tuviera la gripe.

Melissa miró a Wren —La cosa es… Wren y yo vamos a mudarnos a la casa en la ciudad… juntos.

—¡Oh! —su madre sonrió a los dos. —Bueno… Supongo que Wren podría quedarse con nosotros también… ¿Qué piensas, Peter?

Spencer tenía agarrados sus pechos para guardar su corazón de la explosión en su pecho. ¿Iban a mudarse juntos? Su hermana realmente tenía algo de agallas. Sólo podía imaginarse qué sucedería si ella soltara una bomba como esa. Mamá realmente haría a Spencer vivir en el sótano, o quizás en el establo. Ella podría establecer una tienda junto a la compañera cabra de los caballos.

—Bueno, supongo que eso está bien —dijo su padre. ¡Increíble!— Ciertamente será tranquilo. Mamá se pasa la mayor parte del día en el establo, y Spencer por supuesto estará en la escuela.

—¿Estás en la escuela? —preguntó Wren— ¿Dónde?

—Ella está en secundaria —Melissa interrumpió. Ella miró fijamente a Spencer, como si estuviera comparándola. Desde el apretado vestido de tenis Lacoste de Spencer, el cabello ondulado rubio oscuro, hasta sus pendientes de diamante de dos quilates. —La misma secundaria a la que yo fui. Nunca pregunté, Spence ¿eres la presidenta de la clase este año?

—VP* —balbuceó Spencer. No había manera de que Melissa no lo supiera ya.

—¿OH, no eres tan feliz de que resultara de esa forma? —Melissa preguntó.

—No —Spencer dijo categóricamente. Ella había corrido por el primer lugar la primavera pasada, pero había sido sacada y había obtenido la vacante de VP. Ella odiaba perder en cualquier cosa.

Melissa sacudió su cabeza. —No entiendes Spence, es demasiado trabajo. Cuando fui presidenta, ¡difícilmente tenía tiempo para algo más!

—Tienes muy pocas actividades, Spencer —murmuró la Sra. Hastings. —Está el anuario, y todos esos juegos de hockey…

—Además, Spencer, asumirás si el presidente, ya sabes… muere— Melissa guiñó hacia ella como si estuvieran compartiendo un chiste, lo que no estaban haciendo.

Melissa se giró hacia sus padres. —Mamá, creo que tengo una mejor idea. ¿Por qué Wren y yo no nos quedamos en el granero? Entonces estaremos fuera de tu camino.

Spencer sintió como si alguien la hubiera golpeado en los ovarios. ¿El granero? La Sra. Hastings llevó un dedo con manicura francesa a su perfectamente pintada boca. —Hmm —declaró. Se giró tentativamente hacia Spencer. —¿Serías capaz de esperar unos pocos meses, cariño? Entonces el granero será todo tuyo.

—¡Oh! —Melissa soltó su tenedor. —¡No sabía que ibas a mudarte allí, Spence! No quiero causar problemas...

—Está bien —interrumpió Spencer, agarrando su vaso de agua fría y tomando un gran trago. Se ordenó a sí misma no hacer un berrinche en frente de sus padres y la perfecta Melissa. —Puedo esperar.

—¿De verdad? —Melissa preguntó. —¡Eso es tan dulce de tu parte!

Su madre presionó su fría y delgada mano contra la de Spencer y sonrió con alegría. —Sabía que entenderías.

—¿Pueden perdonarme? —Spencer vertiginosamente empujó su asiento hacia tras de la mesa y se levantó. —Estaré de regreso —Caminó sobre el piso de madera del bote, bajó por las escaleras alfombradas, y salió por la entrada principal. Ella necesitaba llegar a tierra firme.

Fuera en el pasillo del Penn, el horizonte de Filadelfia brillaba. Spencer se sentó en un banco y respiró como en el yoga. Entonces sacó su cartera y empezó a ordenar el dinero. Los giró todos desde unos, cincos y veintes en la misma dirección y alfabetizándolos de acuerdo a la combinación de letra y numero impresos en verde en las esquinas. Hacer esto siempre la hacía sentirse mejor. Cuando terminó, miró

hacia la cubierta del comedor. Sus padres estaban de cara al río, así que ellos no podían verla. Excavó a través de su bolso bronce de Hogan por su paquete de emergencia de Marlboro y encendió uno.

Tomó una calada y después otra. Robar el granero era demasiado malvado, pero hacerlo de una forma tan educada era el estilo de Melissa -ella siempre había sido buena por fuera pero horrible por dentro. Y nadie podía verlo a excepción de Spencer.

Ella se había vengado de Melissa sólo una vez, unas cuantas semanas antes de que terminara el séptimo grado. Una noche, Melissa y su novio de entonces, Ian Thomas, estaban estudiando para los finales.

Cuando Ian se iba, Spencer lo acorraló fuera cerca a su SUV, que él había parqueado detrás de la hilera de pinos de su casa. Ella simplemente había querido coquetear -Ian estaba desperdiciando su belleza en su escueta y santurrona hermana- así que ella dio a Ian un beso de despedida en la mejilla. Pero cuando él la apretó contra la puerta del pasajero, ella no trató de huir. Ellos sólo pararon de besarse cuando la alarma de su auto empezó a sonar.

Cuando Spencer le dijo a Alison sobre esto, Ali dijo que era algo muy horrible y que debía confesárselo a Melissa. Spencer sospechó que Ali estaba enojada porque ellas habían tenido una competencia todo el año sobre quién podría liarse con los chicos más maduros, y besar a Ian ponía a Spencer como líder.

Spencer inhaló bruscamente. Ella odiaba estar recordando ese periodo de su vida.

Pero la vieja casa de los DiLaurentis estaba justo al lado de la suya, y la ventana de la habitación de Ali daba a la de Spencer -era como Ali frecuentaba su 24/7. Todo lo que Spencer tenía que hacer era mirar fuera de su ventana y allí estaba Ali, colgando su uniforme de hockey justo donde Spencer podía verlo o paseándose por su habitación chismeando en su móvil.

Spencer quería pensar que ella había cambiado mucho desde el séptimo grado. Todas habían sido tan malas -especialmente Alison- pero no sólo Alison. Y el peor recuerdo de todo era el asunto… El asunto de Jenna. Pensar en lo que hizo Spencer se sentía tan horrible, que ella deseó poder borrarlo de su cerebro como lo hacían en la película El Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos.

—No deberías estar fumando, ya sabes.

Ella se giró, y allí estaba Wren parado justo a su lado. Spencer lo miró, sorprendida. —¿Qué estás haciendo aquí abajo?

—Ellos estaban… —él abrió y cerró sus manos una contra la otra, como bocas hablando.

—Y yo tengo algo aquí. —Sacó una BlackBerry.

—Oh —Spencer dijo. —¿Es eso del hospital? Escuché que eres un doctor influyente.

—Bueno, no, realmente, sólo soy estudiante de primer año de medicina —dijo Wren, y entonces apuntó a su cigarrillo. —¿Te importa si tengo un poco de eso?

Spencer torció las esquinas de su boca hacia arriba con ironía. —Me dijiste que no fumara —dijo, entregándoselo a él.

—Sí, bueno —Wren tomó una profunda calada del cigarrillo. —¿Estás bien?

—Lo que sea —Spencer no quería hablar de cosas con el nuevo novio de su hermana que había robado su granero para vivir en él. —¿De dónde eres?

—Norte de Londres. Aunque, mi papá es coreano. Él se mudó a Inglaterra para ir a Oxford y terminó quedándose. Todos preguntan.

—OH, yo no iba a hacerlo —Spencer replicó, a pesar de que había pensado en ello.

—¿Cómo se conocieron tú y mi hermana?

—En un Starbucks —contestó. —Ella estaba en la fila delante de mí.

—OH —dijo Spencer. Increíblemente flojo.

—Ella estaba comprando un latte —agregó Wren golpeando el bordillo de piedra.

—Eso es lindo —Spencer manipuló su paquete de cigarrillos.

—Eso fue hace pocos meses —él tomó otra entrecortada calada, sus manos temblando un poco y sus ojos girando alrededor. —Yo la imaginaba antes de llegar a la casa de la ciudad.

—Correcto —dijo Spencer, dándose cuenta que él parecía un poco nervioso.

Quizás estaba tenso por la reunión con sus padres. ¿O era irse a vivir con Melissa lo que lo tenía sobre el borde? Si Spencer fuera un chico que tuviera que mudarse con Melissa, ella se arrojaría a al nido de cuervos de Moshulu o dentro del río Schuylkill.

Él le devolvió el cigarrillo. —Espero que esté bien que vaya a quedarme en tu casa.

—Um, sí. Lo que sea.

Wren lamió sus labios. —Quizás pueda conseguir que olvides tu adicción a fumar.

Spencer se puso rígida —No soy adicta.

—Seguro no lo eres —contestó Wren sonriendo.

Spencer sacudió la cabeza enfáticamente. —No, nunca permitiría que eso sucediera. —Y eso era verdad: Spencer odiaba sentirse fuera de control Wren sonrió. —Bien, ciertamente suena como que sabes lo que estás haciendo.

—Lo sé.

—¿Eres de esa manera con todo? — preguntó Wren, sus ojos brillando.

Allí había algo en la luz, burla en la forma en que él dijo eso que hizo que Spencer se detuviera. ¿Ellos estaban… coqueteando? Se miraron mutuamente por unos cuantos segundos hasta que un gran grupo de gente silbando que esperaban el bote sobre la calle. Spencer bajó sus ojos.

—¿Así que, piensas que es hora de volver? —preguntó Wren.

Spencer vaciló y miró a la calle, llena de taxis, listos para llevarla a donde ella quisiera. Casi quería preguntar a Wren si tomaría uno de los taxis con ella para ir al juego de béisbol en el Citizens Bank Park, dónde ellos podían comer perros calientes, gritar a los jugadores, y contar cuantos strikeout el lanzador de los Phillies acumularía. Ella podía usar los asientos de su papá -que más que nada eran malgastados, de todos modos- y ella apostaba a que Wren lo aceptaría. ¿Por qué volver dentro, cuando su familia sólo continuaría ignorándolos? Un taxi paró en la luz, a unos cuantos pies de ellos. Ella lo miró. Entonces miró a Wren.

Pero no, eso estaría mal. ¿Y quién ocuparía el puesto de vice-presidente en caso de que él muriera y ella fuera asesinada por su propia hermana? —Después de ti — dijo Spencer, y mantuvo la puerta abierta para él así ellos podrían subir de vuelta a bordo.

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Nota de la traductora

*Advanced Placement: programa de exigencia en la secundaria dada por expertos como

profundización de diferentes materias

*Se refiere a una de las universidades de la Ivy League o liga de la Hiedra, grupo de las mejores

universidades de USA.

Una raza de perro.

*Grade Point Average: punto promedio de notas.

*Vice-presidenta.
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:32 pm     Responder citando

Capítulo 5

Comienzo y Fitz

-Oye! ¡Finlandia!

Martes, el primer día de escuela, Aria caminaba rápidamente hacia su primer período de clase de inglés. Se dio vuelta para ver a Noel Kahn, en su jersey de Rosewood Day chaleco y corbata, acercarse a ella trotando. —Oye. —Aria asintió. Ella continuó yéndose.

—Te saltaste nuestra práctica el otro día —dijo Noel, acercándose a ella sigilosamente.

—¿Esperabas que me quedara a mirar? —Aria lo miró por el rabillo del ojo. Él lucía sonrojado.

—Sí. Nosotros nos enfrentamos. Marqué tres goles.

—Bien por ti, —Aria dijo impasible. ¿Se suponía que tenía que estar impresionada?

Ella continuó por el pasillo de Rosewood Day, cosa que ella desgraciadamente había soñado demasiadas veces en Islandia. Sobre ella estaban los mismos techos abovedados color blanco cáscara de huevo. Bajo ella estaban los mismos pisos de madera de casa de campo acogedora. A su derecha e izquierda estaban las usuales fotos enmarcadas en anticuado alumbre, y a su izquierda, incongruentemente abollados casilleros de metal. Incluso la misma canción, la Obertura 1812, tarareaba a través de los altavoces PA – Rosewood reproducía esa música entre clases porque era “mentalmente estimulante”. Arrastrándose junto a ella estaban exactamente las mismas personas que Aria había conocido desde hace muchísimos años…y todas ellas la estaban mirando.

Aria agachó la cabeza. Desde que se había mudado a Islandia al comienzo de octavo grado, la última vez que todos la habían visto, formaba parte de un desolado grupo de chicas cuya mejor amiga monstruosamente había desaparecido.

Atendiendo a eso entonces, donde quiera que ella fuera, la gente susurraba a su alrededor. Ahora, se sentía como si jamás se hubiese ido. Y casi se sentía como si Ali aún estuviese aquí. La respiración de Aria quedó atrapada en su pecho cuando vio un destello de cola de caballo rubia girando alrededor de la esquina del gimnasio. Y cuando Aria rodeó la esquina pasado el estudio de cerámica, dónde ella y Ali acostumbraban reunirse entre clases para intercambiar chismes, ella casi escuchó a Ali diciendo, —¡Oye, espera!

Ella presionó su mano sobre su frente para ver si tenía fiebre.

—Entonces, ¿qué clase tienes primero? —preguntó Noel, aún manteniendo el paso de ella.

Ella lo miró, sorprendida, y miró su horario. —Inglés.

—Yo igual. ¿Él señor Fitz?

—Sí, —musito ella. —¿Él es bueno?

—No sé. Él es nuevo. Aunque escuché que era becario del Fullbright.

Aria lo miró suspicazmente. ¿Desde cuándo Noel Kahn se preocupaba por las credenciales de los maestros? Ella giró en la esquina y vio una chica parada en la entrada del salón de inglés.

Se veía familiar y extraña al mismo tiempo. Esta chica era delgada como modelo, tenía el cabello largo, café rojizo, y llevaba una enrollada falda a cuadros azules de Rosewood, zapatos de plataforma con taco en cuña y un encantador brazalete de Tiffany.

El corazón de Aria comenzó a golpetear. Ella se había preocupado acerca de como podría reaccionar cuando viese a sus viejas amigas de nuevo, y aquí estaba Hanna.

¿Qué le había pasado a Hanna?

—Oye —dijo Aria suavemente.

Hanna se dio vuelta y miró a Aria de arriba abajo, a todo lo largo, de su hirsuto corte de pelo a su camiseta blanca de Rosewood Day y sus gruesas pulseras de baquelita, hasta sus botas cafés cruzadas de cordones. Una expresión vacía cruzó su cara, pero entonces sonrió.

—¡Oh mi Dios! —dijo Hanna. Al menos seguía siendo la misma voz aguda de Hanna. —¿Cómo has….dónde has estado?¿Checoslovaquia?

—Ummm, sí —respondió Aria. Lo suficientemente cerca.

—¡Genial! —Aria le dio a Hanna una sonrisa forzada.

—Kirsten se ve como si se hubiese ido a South Beach, —interrumpió una chica

cerca de Hanna. Aria dio vuelta la cabeza hacia los lados, tratando de encontrarla.

¿Mona Vanderwaal? La última vez que Aria la vio, Mona llevaba puestas un billón de trencitas teensy en su cabello y estaba montando su Scooter Razor. Ahora, se veía incluso más glamorosa que Hanna.

—¿No es cierto que si? —Estuvo de acuerdo Hanna. Ella entonces le dedicó a Aria y Noel- quién aún estaba ahí- un gesto de disculpa.

—Lo siento chicos, ¿Nos disculparían?

Aria se dirigió al salón de clases y se sentó en el primer escritorio que vio. Bajó su cabeza y tomó un par de fuertes y emocionadas respiraciones.

—El infierno son los otros, —coreó ella. Esta era su cita favorita del filosofo francés Jean –Paul Sartre, y un mantra perfecto para Rosewood.

Ella se meció por unos segundos, en pleno modo desquiciado. La única cosa que la hizo sentir mejor fue el recuerdo de Ezra, el chico que conoció en Snookers. En el bar, Ezra la había seguido al baño, tomó su cara y la besó. Sus bocas encajaban perfectamente juntas - ellos no chocaron con sus dientes ni una vez. Sus manos se deslizaron sobre la parte baja de su espalda, su estómago, sus piernas. Ellos habían tenido una especie de conexión. Y está bien, si, algunos podrían decir que fue sólo una…conexión de lenguas…..pero Aria sabía que era más.

Ella se había sentido tan abrumada pensando acerca de eso la última noche, que había escrito un haiku sobre Ezra para expresar sus sentimientos. Los haikus eran su tipo favorito de poema. Entonces, satisfecha con el resultado, ella lo había tecleado en su teléfono y escrito al número que Ezra le había dado. Aria dejó escapar un suspiro torturado y miró alrededor del aula. Olía como libros de Mop & Glo. El descomunal tamaño, cuatro ventanas acristaladas enfrentaban el césped sureño y tras eso, las verdes y redondeadas colinas. Unos pocos árboles habían comenzado a cambiar a amarillo y naranjo. Había un gran póster de frases shakesperianas junto a la pizarra, y una pegatina de LA GENTE IMPORTANTE

APESTA que alguien había pegado en la pared. Se veía como si el conserje hubiese tratado de rasparlo pero renunciado a mitad de camino.

¿Era desesperado enviar un mensaje de texto a Ezra hasta las 2:30 am? Ella aún no había sabido nada de él en respuesta. Aria tocó en busca de su teléfono en su mochila y lo sacó. En la pantalla se leía NUEVO MENSAJE DE TEXTO. Su estómago se precipitó, aliviado y excitado y nervioso, todo a la vez. Pero en cuanto apretó LEER, una voz la interrumpió.

—Discúlpeme. Um, usted no puede usar su celular en la escuela.

Aria cubrió su teléfono con sus manos y miró hacia arriba. Quien fuera que dijo eso -el nuevo profesor, supuso- permanecía de espaldas al salón y estaba escribiendo en la pizarra. Sr. Fitz era todo lo que había escrito hasta el momento. Él estaba sosteniendo un memo con la insignia de Rosewood en la parte superior. Desde atrás, él lucía joven. Unas pocas de las otras chicas en la clase le daban una mirada apreciativa a la vez que se fundían con sus asientos.

Incluso la ahora fabulosa Hanna silbó.

—Lo sé, soy el chico nuevo. —Dijo él, escribiendo, AP Inglés bajo su nombre, — pero tengo este folleto que viene de la oficina. Algunas cosas sobre no celulares en la escuela. —Entonces él se volvió. El folleto revoloteando fuera de su mano al piso de linóleo.

La boca de Aria se sintió seca inmediatamente. Parado en el frente del salón, estaba Ezra del Bar. Ezra, el destinatario de su haiku. Su Ezra, viéndose larguirucho y adorable con la chaqueta de Rosewood y corbata, su pelo peinado, sus botones correctamente abotonados, y un planificador de lecciones encuadernado en cuero bajo su brazo izquierdo. Parado frente al pizarrón y escribiendo…..Sr. Fitz, AP Inglés.

Él la miró, su cara drenando el color. —Mie*rda.

La clase entera se volvió para ver a quién estaba mirando. Aria no quería mirarhacia ellos, así es que miró hacia abajo, a su mensaje.

Aria: ¡Sorpresa! Me pregunto que tendrá que decir tu títere cerdo sobre esto… —A

Mie*rda, de hecho.

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Capítulo 6

¡El francés de Emily, también!

El martes por la tarde, Emily se paró frente a su casillero de metal verde después de la campana final del día. El casillero todavía tenía estampas del año pasado: Natación de EUA, Liv Tyler como Arwen el elfo, y un imán que decía COED NAKED BUTTERFLY. Su novio, Ben, estaba a su lado.

—¿Quieres golpear a Wawa? —preguntó. Su chaqueta de natación de Rosewood colgaba de su cuerpo, flaco, musculoso, y su cabello rubio estaba un poco desordenado.

—No, estoy bien —contestó Emily. Porque tenían la practica a las 3:30 después de la escuela, los nadadores generalmente se quedaban en Rosewood y enviaban a alguien con Wawa para poder conseguir dulces/ té helado/ papas/ piesas de Rease antes de nadar un millon de vueltas.

Un grupo de muchachos se detuvieron a un paso de Ben mientras se dirigían al estacionamiento. Spencer Hastings, quien estaba él la clase de Historia de Ben el año pasado, saludó. Emily le devolvió el saludo y antes de darse cuenta Spencer estaba viendo a Ben, no a ella. Era dificil de creer que después de todo lo que habían pasado juntos y todos los secretos que compartían, ahora se comportaban como extraños.

Después de que todos pasaran, Ben se volvió y la enfrentó. —Tienes tu chaqueta.

¿No estás practicando?

—Um. —Emily cerró su casillero y puso la contraseña —¿Sabes de la chica a la que estuve haciendo hoy? La acompañe a su casa ´porque este es su primer día y todo Él hizo una mueca —Bueno ¿no eres dulce? La mayoría de los padres de estudiante pagan por los tours, pero tú lo haces gratis.

—Venga. —Emily sonrió incomoda —Fue un paseo de 10 minutos.

Ben la miró, asintiendo vagamente un momento.

—¿Qué? ¡Sólo intentaba ser amable!

—Está bien —dijo, y sonrió. Él miro por encima para saludar a Casey Kirscher, la capitana del equipo de lucha libre.

Maya apareció un minuto después de que Ben fuera por las escaleras laterales hacia el estacionamiento de los estudiantes. Vestía una chamarra de mezclilla blanca sobre su camisa de Rosewood y unas Oakley flags en sus pies. Sus uñas de los pies no estaban pintadas.

—Hey —dijo.

—Hey. —Emily intentó sonar agradable, aunque se sentía inquieta. A lo mejor debería haber ido a la práctica con Ben. ¿Era extraño volver a casa con Maya?

—¿Lista? —preguntó Maya.

Las chicas caminaron a través del campus, lo que básicamente era un grupo de edificios viejos al lado de la carretera en Rosewood. Incluso había una Torre de Reloj Gótica que marcaba las horas. Antes, Emily le había enseñado a Maya todo le material que las escuelas privadas tenían. También le había enseñado las cosas interesantes sobre el día de Rosewood que por lo general lo tenías que conocer por tu cuenta, como el inodoro peligroso en el baño de las niñas del primer piso que a veces vomitaba al estilo geyser, el lugar secreto de los niños donde ellos se saltaban la clase de gimnasia (no es que Emily lo hubiera hecho alguna vez), y las máquinas expendedoras que sólo vendían Coca Dola de vainilla, su favorita. Incluso habían

bromeado sobre el modelo deprim, asalto a mano armada con su cartel de no fumar que colgaban fuera de la enfermería. Se sentía bien bromear otra vez.

Ahora, cuando cortaban a través del campo de maíz en el vecindario de Maya, Emily vio cada detalle de su rostro, desde su nariz respingada hasta su piel café en el camino en que su collar alrededor de su cuello. Sus manos seguían chocando una contra otra mientras movían sus brazos.

—Es tan diferente aquí —dijo Maya, olfateando el aire. —¡Huele como a pinol! —

Se quitó su chaqueta, y se enrolló las mangas. Emily tiró de su cabello, deseando que fuera oscuro y ondulado, como el de Maya, en lugar de dañado y en un tono verdoso de rubio rojizo. Emily también se sentía un poco acomplejada con su cuerpo, él que era fuerte, musculoso, y no tan estilizado como antes. No solía sentirse tan consiente sobre sí misma, incluso cuando estaba en su baño, prácticamente desnuda.

—Todos tienen cosas que hacer en serio —continuó Maya—, como esa chica, Sarah, en mi clase de física. Está intentando formar una banda ¡y me preguntó si quería estar!

—¿De verdad? ¿Qué tocas?

—La guitarra —dijo Maya. —Mi papá me enseñó. Mi hermano ahora es mucho mejor, como sea.

—Wow —dijo Emily. —Eso es genial.

—¡Oh por dios! —Maya agarró el brazo de Emily. Emily se estremeció al principio, pero después se relajó. —¡Deberías unirte a la banda también! ¿Qué tan divertido sería eso? Sarah dijo que practicaríamos 3 veces a la semana después de la escuela.

Ella toca el bajo.

—Pero todo lo que yo toco es la flauta —dijo Emily, dándose cuenta que sonaba como Igor de Winnie Pooh.

—¡La flauta sería grandioso! —Maya aplaudía con sus manos —¡Y los tambores!

Emily suspiró. —No puedo. Tengo natación, todos los días después de clases.

—Hmm —dijo Maya. —¿No puedes saltarte un día? Puesto a que serías muy buena con los tambores.

—Mis padres me matarían. —Emily ladeó la cabeza y vio el viejo puente de hierro del ferrocarril sobre ellas. Los trenes ya no utilizaban ese puente, por lo que ahora era el lugar de los niños para emborracharse sin que sus padres se enteren.

—¿Por qué? —preguntó Maya. —¿Cuál es el gran problema?

Emily se detuvo. ¿Qué se suponía que debía decir? ¿Que sus padres esperaban que estuviera en natación porque los exploradores de Stanford estaban viendo el progreso del caso de Carolyn? ¿Que su hermano mayor, Jake, y su hermana mayor, Beth, estaban en la universidad de Arizona en los juegos de Natación? ¿Que nada menos que una beca de natación para algún lugar de primera categoría sería un fracaso para su familia? Maya no tenía miedo de fumar marihuana mientras sus padres compraban el mandado. Los padres de Emily, en comparación, eran viejos, conservadores, controladores residentes de la costa Este. Donde estaban. Por cierto.

—Este es un camino más corto a casa. —Emily señaló el cruce a la calle, a la gran casa colonial, la cual ella y sus amigos usaban para cortar el paso en invierno para ir a la casa del papá de Ali.

Caminaron a través de la hierba, evitando un aspersor que rociaba las hortensias.

Mientras se abrían paso por las ramas del patio trasero de Maya, Emily se detuvo en seco. Un pequeño, y gutural ruido salió de su garganta.

No debía estar en el patio trasero —el patio trasero de Ali— ahora. Alli, sobre el césped, estaba la teca donde ella y Ali habían jugado inumerables veces Spit.

Estaba el parche de hierba donde habían conectado las vocinas blancas del iPod de Ali y habían bailado en una fiesta. A su izquierda estaba el árbol que había. Las tres casas ya no estaban, pero tallados en la corteza estaban las iniciales: EF + AD

—Emily Fields + Alison Di Laurentis. Su cara enrojeció. En este momento, no sabía porque habían marcado sus nombres en la corteza, sólo quería enseñarle a Ali lo feliz que era por ser amigas.

Maya, que caminaba delante de ella, miró sobre sus hombros —¿Estás bien?

Emily metió sus manos a los bolsillos de la chaqueta. Por un segundo, consideró decirle a Maya sobre Ali. Pero un colibrí pasó a su lado y perdió la concentración.

—Estoy bien —dijo.

—¿Quieres entrar? —preguntó Maya.

—No... yo... tengo que volver a la escuela —contestó Emily. —Natación.

—Oh —Maya arrugó sus ojos. —No tenías que acompañarme a casa, tonta.

—Si, pero no quería que te perdieras.

—Eres tan linda. —Maya paso sus manos por su espalda y balanceó las caderas adelante y atrás. Emily quiso saber a qué se refería con linda ¿Era una cosa de California?

—Bueno, que te diviertas en natación —dijo Maya. —Y gracias por mostrarme los alrededores hoy.

—Claro. —Emily dio un paso adelante, y sus cuerpos se unieron en un abrazo.

—Mmm —dijo Maya, apretándola fuerte. Las chicas se alejaron y se sonrieron la una a la otra por un segundo. Entonces Maya se inclinó y le besó las dos mejillas a Emily. —¡Mwah, mwah! —dijo. —Como los franceses.

—Bueno, entonces yo también haré como los franceses —Emily se rió por un segundo olvidando a Ali y el árbol. —¡Mwah! —ella besó suavemente la mejilla izquierda de Maya.

Entonces Maya la besó de nuevo, en su mejilla derecha, pero ahora un poco más cerca a la boca. No fue un mwah ahora.

La boca de Maya olía a chicle de plátano. Emily se echó hacia atrás y tomo la bolsa de natación antes de que cayera por su hombro. Cuando levantó la vista, Maya sonreía.

—Nos vemos —dijo Maya —Pórtate bien.

Emily enredó su toalla en su bolsa de nadar cuando acabó la práctica. Toda la práctica había sido extraña. Después de que Maya entrara en la casa, Emily corrió para volver a la escuela —como si corriendo pudiera desenredar la maraña de sentimientos dentro de ella. Cuando se metió al agua y nadó vuelta tras vuelta, vio esas iniciales inquietantes en el árbol. Cuando el entrenador sopló el silbato y empezaron a entrenar sus salidas y virajes, olió el chicle de plátano de Maya y oyó su diversión, su risa fácil. Al estar frente a su casillero, estaba segura de que se puso shampoo dos veces. Se había quedado más de lo que la mayoría de las niñas se quedaban en las duchas, chismeando, pero Emily estaba demasiado lejos para

acercarse.

Cuando llegó por sus pantalones y playera, cuidadosamente doblados en el estante de su casillero, llegó una nota revoloteando. El nombre de Emily estaba escrito al frente, la escritura era desconocida, y no reconoció la hoja. La recogió del frío y húmedo suelo.

¡Ey, Em!

¡Wow! ¡Fui remplazada! ¡Encontraste a otra amiga para besar!

A.

Emily curvó los dedos alrededor de la goma de su casillero, y dejó de respirar por un segundo. Miró alrededor. Nadie la miraba.

¿Era de verdad?

Miró la nota y trató de pensar racionalmente. Ella y Maya estaban en la entrada, pero no había nadie cerca.

Y... ¿he sido remplazada? ¿Otra amiga para besar? Las manos de Emily le temblaban. Miró la nota otra vez. Las risas de los nadadores hacían eco en las paredes.

Emily sólo había besado a otra amiga. Fue dos días después de que grabaran sus iniciales en el roble y sólo una semana y media antes de terminar séptimo grado.

Alison.
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:36 pm     Responder citando

Capítulo 7

Spencer es demaciado tensa

!Mira su trasero!

—¡Cállate! —Spencer golpeó a su amiga Kristen Cullen en la espinillera con su palo de hockey. Ellas pretendían estar haciendo ejercicios de defensa, pero —junto con el resto del equipo— estaban demasiado ocupadas evaluando al nuevo asistente de la entrenadora de este año. Él no era otro que Ian Thomas.

La piel de Spencer se erizó por la adrenalina. Hablar de eso era raro; recordaba a Melissa mencionar que Ian se había mudado a California. Pero entonces, un montón de gente que no esperaba, terminaba volviendo a Rosewood.

—Tu hermana fue tan estúpida por romper con él —Kristen dijo—. Él es tan caliente.

—Shhh —contestó Spencer, riendo—. Y de cualquier manera, mi hermana no rompió con él. Él rompió con ella.

El silbato sonó.

—¡Muévanse! —Ian les dijo, corriendo más cerca. Spencer se inclinó para amarrar su zapato, como si no le importara. Sintió sus ojos sobre ella.

—¿Spencer? ¿Spencer Hastings?

Spencer se puso de pie lentamente.

—¿Oh, Ian, verdad?

La sonrisa de Ian era tan amplia, que Spencer estaba sorprendida de que sus mejillas no se rasgaran. Aún tenía esa apariencia Tan-Americana de Voy-a-encargarme-de-la-empresa-de-mi-padre-a-los-veinticinco, aunque ahora su cabello rizado era un poco más largo y más desaliñado.

—¡Has crecido! —exclamó.

—Supongo. —Spencer se encogió de hombres.

Ian puso su mano sobre la parte trasera de su cuello.

—¿Cómo está tu hermana estos días?

—Um, ella está bien. Se graduó antes. Va a ir a Wharton.

Ian curvó su cabeza hacia abajo.

—¿Y están sus novios aún afectándote?

La boca de Spencer quedó abierta. Antes de que pudiera contestar, la entrenadora, la Sra. Campbell, sopló su silbato y llamó a Ian.

Kristen agarró el brazo de Spencer, una vez él había girado.

—¿Tú totalmente te liaste con él, cierto?

—¡Cállate! —Spencer replicó.

Mientras Ian trotaba al centro del campo, la miró por encima de su hombro.

Spencer tomó aire y se inclinó para revisar su cordón. No quería que él supiera que lo había estado mirando.

Para cuando llegó a casa de la práctica, cada parte del cuerpo de Spencer dolía, desde su trasero a sus hombros y a sus dedos de los pies. Había pasado el verano entero organizando comités, clasificando palabras del SAT, y desempeñando el papel principal en tres diferentes obras en Muesli, el teatro de la comunidad de Rosewood —La Srta. Jean Brodie en The Prime of Miss Jean Brodie, Emily en Our

Town, y Ophelia en Hamlet. Con todo eso, no había tenido tiempo para mantenerse en forma para el campo de hockey, y estaba sintiéndolo ahora.

Todo lo que quería hacer era subir las escaleras, arrastrarse a la cama, y no pensar sobre mañana y en lo que otro día traería: desayuno del club de francés, leer los anuncios de la mañana, cinco clases AP, audiciones de drama, una rápida aparición en el comité del anuario, y otra agotadora practica de hockey con Ian.

Abrió el buzón en la parte inferior de su unidad privada, esperando encontrar las calificaciones para sus PSAT. Se suponía que debían estar cualquier día de estos, y había tenido una buena sensación sobre ellas, una mejor sensación, de hecho, que de la que había tenido sobre cualquier otra prueba. Desafortunadamente, allí sólo había una pila de cuentas, información de las muchas cuentas de inversión de su padre, y un folleto enviado a Srta. Spencer J. (de Jill) Hastings de Appleboro College en Lancaster, Pennnsylvania. Síp, como si ella fuera a ir allí.

Dentro de la casa, colocó el correo sobre la isla de mármol de la cocina, frotó su hombro, y tuvo un pensamiento: La bañera de hidromasaje del patio trasero. Un baño relajante. Awww, sí.

Saludó a Rufus y Breatrice, la familia de dos labradoodles, y arrojó un par de juguetes de King Kong dentro del corral para que ellos los persiguieran. Entonces, se arrastró por la ruta de losa hacia el vestuario de la piscina. Se detuvo en la puerta, lista para ducharse y cambiarse a un bikini, cuando se dio cuenta, ¿A quién le importa? Estaba tan cansada para cambiarse, y nadie estaba en casa. Y la bañera estaba envuelta por arbustos de rosas. Mientras se acercaba, ésta burbujeó, como si anticipara su llegada. Se desnudó hasta quedar en su sostén, bragas y los calcetines del equipo de hockey, se dobló hacia adelante para aflojar la espada, y se metió en el agua humeante. Ahora eso era lo que más le gustaba.

—Oh.

Spencer se giró. Wren estaba de pie junto a las rosas, desnudo hasta la cintura, vistiendo los bóxer de Polo más sexys que ella había visto.

—Oops —dijo, cubriéndose con una toalla—. Lo siento.

—Tú no deberías estar aquí hasta mañana —espetó ella, incluso aunque él claramente estaba allí, ahora, que obviamente hoy no era mañana para nada.

—No deberíamos. Pero tu hermana y yo estábamos en el Frou —dijo Wren, haciendo un pequeño gesto. Frou era una arrogante tienda a unos cuantos pueblos que vendía sólo fundas de almohada por cerca de cien dólares—. Ella tenía que hacer otro encargo y me dijo que me quedara aquí.

Spencer esperó que eso fuera solamente alguna bizarra expresión inglesa.

—Oh —dijo.

—¿Acabas de llegar a casa?

—Estaba en el campo de hockey —dijo Spencer, reclinándose y relajándose un poco—. Primera práctica del año.

Spencer miró su borroso cuerpo bajo el agua. Oh Dios, aún estaba vistiendo sus medias. ¡Y sus bragas de talle alto con el sostén deportivo Champion! Se riñó a sí misma por no cambiarse a su bikini Eres de color amarillo que había comprado recientemente, pero entonces se dio cuenta de cuán absurdo era eso.

—Yo había planeando tener un baño, pero si quieres estar sola, eso también está bien —dijo Wren—. Estaré dentro viendo televisión. —Él empezó a girarse.

Spencer sintió una pequeña punzada de decepción.

—Um, no —dijo ella. Él se detuvo—. Puedes entrar. No me importa — Rápidamente, mientras su espalda de giraba, se quitó de un tirón sus calcetines y las lanzó a los arbustos. Éstas aterrizaron con un empapado golpe.

—Si estás segura, Spencer —dijo Wren. Spencer amaba la forma en que él decía su nombre con su acento británico, Spen-saah.

Él se deslizó tímidamente en la bañera. Spencer permaneció muy lejos en su lado, curvando sus piernas bajo ella. Wren apoyó su cabeza en la superficie de concreto y suspiró. Spencer hizo lo mismo y trató de no pensar sobre cómo sus piernas estaban empezando a acalambrarse y a doler en esa posición. Estiró una y tentativamente tocó su vigorosa pantorrilla.

Ella alejó su pierna.

—Lo siento.

—No te preocupes —dijo Wren—. ¿Así que entrenas hockey, huh? Yo remaba para Oxford.

—¿De verdad? —preguntó Spencer, esperando que no sonara demasiado efusiva.

Su vista favorita al conducir-hacia-Filadelfia era de Penn y los hombres del equipo de Temple remando sobre el río Schuylkill.

—Sí —dijo—. Y me encantaba. ¿Te gusta el hockey?

—Um, no realmente —Spencer dijo, su cabello saliendo de su cola de caballo y sacudiendo su cabeza, pero entonces se preguntó si Wren encontraría eso realmente guarro y ridículo.

Ella probablemente se había imaginado la chispa entre ellos fuera del Moshulu.

Pero entonces, Wren se había metido en la bañera con ella.

—¿Si no te gusta el hockey, por qué juegas? —preguntó Wren.

—Porque es bueno para las aplicaciones de la universidad.

Ahora Wren se incorporó un poco, haciendo que el agua ondeara.

—¿Es eso?

—Uh, sí.

Spencer se movió e hizo una mueca de dolor cuando el músculo de su hombro se apretó en su cuello.

—¿Estás bien? —preguntó Wren.

—Síp, no es grave —dijo Spencer, e inexplicablemente sintió una abrumadora oleada de desesperación. Era sólo el primer día de escuela, y ya estaba consumida.

Pensó en toda la tarea que tenía que hacer, las listas que tenía que hacer, y las líneas que tenía que memorizar. Estaba demasiado ocupada para flipar, pero esa era la única cosa que la mantenía lejos de enloquecer.

—¿Es tu hombro?

—Eso creo —dijo Spencer, tratando de girarlo—. En el campo de hockey, pasas mucho tiempo inclinándote, y yo no sé si tiré o qué…

—Apuesto a que podría arreglarlo.

Spencer lo miró fijamente. De repente tenía una urgencia de correr sus dedos sobre el cabello enmarañado de él.

—Está bien. Sin embargo, gracias.

—De verdad —dijo él—. No voy a morderte.

Spencer odiaba cuando las personas decían eso.

—Soy doctor —continuó Wren—. Apuesto a que es tu deltoides posterior.

—Um, bueno…

—El músculo de tu hombro. —Él se movió más cerca de ella—. Ven aquí. De verdad. Necesitamos suavizar el músculo.

Spencer trató de no leer entre eso. Él era doctor, después de todo. Estaba siendo un profesional. Ella se acercó, y él presionó sus manos en el medio de su espada. Sus pulgares se removieron sobre los pequeños músculos alrededor de su espina.

Spencer cerró sus ojos.

—Wow. Eso es genial —murmuró.

—Sólo tienes que liberar la acumulación en tu bursa sac —dijo. Spencer trató de no reír por la palabra sac. Cuando llegó hasta la tira de sostén deportivo ella se sacudió profundamente y tragó con fuerza. Trató de pensar sobre cosas nosexuales —el cabello en la nariz de su tío Daniel, la estreñida mirada de su mamá sobre su cara cuando cabalgó un caballo, la vez que su gata, Kitten, trajo un topo muerto del arroyo trasero y lo dejó en su habitación. Él es un doctor, se dijo a sí misma. Esto sólo es lo que un doctor hace.

—Tus pectorales también están un poco apretados —dijo Wren, y, horriblemente, movió sus manos al frente de su cuerpo. Él deslizó sus dedos bajo su sostén de nuevo, frotando sólo por encima de su pecho, y de repente la tira del sostén cayó de su hombro. Spencer respiró pero él no se alejó. Esto es lo que hace un doctor, se recordó a sí misma de nuevo. Pero entonces se dio cuenta: Wren era un estudiante

de primer año de medicina. Él será un doctor, ella se corrigió. Algún día. En cerca de

diez años.

—¿Um, dónde está mi hermana? —preguntó tranquilamente.

—¿En la tienda, creo? ¿Wawa?

—¿Wawa? —Spencer se alejó de Wren y colocó la tira de su sostén de vuelta en su hombro—. ¡Wawa sólo está a una milla! Si está allí, solamente está comprando cigarrillos o algo así. ¡Estará de regreso en cualquier minuto!

—No creo que ella fume —dijo Wren, ladeando su cabeza de forma interrogante.

—¡Sabes lo que quiero decir! —Spencer se puso de pie en la bañera, agarró su toalla Ralph Lauren, y comenzó violentamente a secar su cabello. Se sentía tan caliente. Su piel, huesos —incluso sus órganos y nervios— se sentían como si ellos se estuvieran cociendo en la bañera. Salió y huyó hacia la casa, en busca de un vaso gigante de agua.

—Spencer — Wren la llamó—. Yo no quise… Sólo estaba tratando de ayudar.

Pero Spencer no escuchó. Corrió a su habitación y miró alrededor. Sus cosas aún estaban en cajas, aún en cajas para mudarse al granero. De repente quería que todo estuviera organizado. Su joyero necesitaba ser ordenado por piedras preciosas. Su computador estaba obstruido con los viejos documentos de Inglés de hace dos años, y aunque ellos hubieran recibido A en aquel entonces, probablemente eran excesivamente malos y deberían ser suprimidos. Se quedó mirando los libros en las cajas. Necesitaban ser organizados por tema, no por autor. Obviamente. Los sacó y empezó a dejarlos a un lado, empezando con Adulterio y The Scarlet Letter.

Pero cuando llegó a Utopias Gone Wrong, aún no se sentía mejor. Así que encendió su computador y presionó su mouse inalámbrico, que era confortablemente bueno, a la parte posterior de su cuello.

Cliqueó sobre su correo electrónico y vio un mensaje sin leer. El tema de la línea decía, Vocabulario SAT. Curiosa, cliqueó sobre él.

Spencer,

Codiciar es fácil. Cuando alguien codicia algo, ellos anhelan y desean después eso.

Usualmente ese algo ellos no lo pueden tener. Aunque tú siempre has tenido ese problema, ¿no es cierto? —A.

Spencer se agarró el estómago. Miró alrededor.

¿Quién. Carajo. Podría. Haber. Visto?

Abrió la gran ventana de su habitación, pero el camino de entrada circular de los Hastings estaba vacío. Spencer miró alrededor. Unos cuantos carros giraron cerca.

El jardinero de los vecinos estaba podando un seto en frente de su puerta. Sus perros se estaban persiguiendo uno a otro alrededor del patio. Algunas aves volaron sobre el poste de teléfono.

Entonces, algo atrapó sus ojos en la ventana de los vecinos: un vistazo de un cabello rubio. ¿Pero la nueva familia no era negra? Un frío escalofrío creció en la espina de Spencer. Esa era la vieja ventana de Ali.
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:38 pm     Responder citando

Capítulo 8

¿Dónde están las malditas niñas exploradoras cuando las necesitas?

Hanna se hundió más en los blandos cojines de su sofá y trató de desabotonar los jeans Paper Denim de Sean.

—Whoa —dijo Sean. —No podemos…

Hanna sonrió misteriosamente y puso un dedo sobre sus labios. Empezó a besar el cuello de Sean. Él olía como Lever 2000 y, extrañamente, a chocolate, y ella amaba cómo su reciente corte de pelo mostraba todos los ángulos atractivos de su rostro.

Lo había amado desde sexto grado y él sólo se había vuelto más atractivo con el paso de los años.

Mientras se besaban, la madre de Hanna, Ashley, abrió la puerta principal y caminó hacia ellos, hablando en el pequeño móvil LG con tapa.

Sean retrocedió contra los cojines del sofá. —¡Ella nos verá! —susurró, rápidamente metiendo su camisa azul pálida de Lacoste.

Hanna se encogió de hombros. Su mamá les saludó sin verlos detenidamente y caminó a la otra habitación. Su mamá prestaba más atención a su Black Berry que a Hanna. Debido a su horario de trabajo, ella y Hanna no compartían mucho, además de las revisiones periódicas de tareas, notas sobre qué tiendas estaban con las mejores ofertas, y recordarle que tenía que limpiar su habitación por si alguno de los ejecutivos venía a su fiesta de cócteles y necesitaba usar el baño de arriba.

Pero Hanna estaba más que bien con eso. Después de todo, el trabajo de su madre era el que pagaba las cuentas AmEx de Hanna -ella no siempre estaba robando cosas -- y su costosa matrícula en el Rosewood Day.

—Tengo que irme —murmuró Sean.

—Deberías venir el sábado —Hanna ronroneó. —Mi madre va a estar todo el día en el spa.

—Te veré en la fiesta de Noel el viernes —dijo Sean. —Y sabes que es bastante difícil.

Hanna gimió. —Esto no tiene que ser difícil —dijo.

Él se inclinó y la besó. —Te veo mañana.

Después Sean salió, y ella enterró su rostro en el sofá. Salir con Sean aún se sentía como un sueño. Antes cuando Hanna era regordeta y patética, ella había adorado cuán alto y atlético era él, cómo siempre era muy agradable con los profesores y los chicos que eran menos geniales, y lo bien que vestía, no como un vagabundo daltoniano. A ella nunca dejó de gustarle él aún después de que se quitara los obstinados kilos de más y descubriera los productos para el cuidado del cabello. El año pasado en la escuela, ella casualmente le susurró a James Freed en el pasillo que le gustaba Sean. Y Colleen Rink le dijo tres períodos después que Sean iba a llamar a Hanna a su móvil esa noche después del fútbol. Fue otro momento en el que Hanna se enojó con Ali porque ella no estaba allí como testigo.

Habían sido pareja por siete meses y Hanna se sentía más enamorada de él que nunca. Ella aún no se lo había dicho -ella había mantenido eso para ella sola por años pero ahora, estaba muy segura de que él también la amaba. ¿Y no era el sexo la mejor manera de expresar el amor?

Ese era el por qué lo de la promesa de virginidad no tenía sentido. No era como si los padres de Sean fueran demasiado religiosos, y eso estaba en contra de todas las nociones preconcebidas que Hanna tenía sobre los chicos. A pesar de cómo solía lucir, Hanna se mantenía a sí misma: con su cabello castaño profundo, cuerpo curvilíneo, y perfecta - estamos hablando de ninguna espinilla, jamás- piel, ella era atractiva. ¿Quién no podría estar locamente enamorado de ella? Algunas veces se preguntaba si Sean era gay - él tenía un montón de ropa bonita - o si le tenía miedo a las vaginas.

Hanna llamó a su pinscher miniatura, Dot, a saltar sobre el sofá. —¿Me extrañaste hoy? —ella chilló mientras Dot lamía su mano. Hanna había solicitado que dejaran que Dot fuera a la escuela en su gran bolso Prada -después de todo, todas las chicas en Beverly Hills lo hacían- pero en Rosewood Day se negaron. Así que para prevenir la ansiosa separación, Hanna le había comprado a Dot la más abrigada

cama de Gucci que el dinero podía comprar y dejaba la televisión en el canal QVC durante el día.

Su madre se dirigió hacia la sala, aún con su traje hecho a medida y sandalias color café con tacón Kitten —Aquí está el sushi. —dijo la Sra. Marin.

Hanna la miró. — ¿Rollos Toro?

—No lo sé. Traje un montón de cosas.

Hanna se dirigió a la cocina, tomando el portátil de su madre y el LG zumbó —¿Ahora qué? —ladró la Sra. Marin en el teléfono.

Las pequeñas garras de Dot sonaron detrás de Hanna. Después de buscar en la bolsa, ella sacó un pedazo de sashimi amarillo, un rollo de anguila, y una pequeña taza de sopa miso.

—Bueno, hablé con los clientes esta mañana —Su madre entró a la cocina. —Ellos estaban felices entonces.

Hanna hundió delicadamente su rollo amarillo en alguna clase de salsa de soya y despreocupadamente lo pasó sobre un catálogo de J. Crew. Su mamá era la segunda al mando en la empresa de publicidad de Filadelfia, McManus & Tate, y su meta era ser la primer mujer presidente de la firma.

Además de ser extremadamente exitosa y ambiciosa, la Sra. Marin era lo que los chicos en Rosewood Day podían llamar una MILF —ella tenía cabello largo rojodorado, piel suave, y un increíble y flexible cuerpo gracias a su ritual diario de yoga.

Hanna sabía que su madre no era perfecta, pero ella aún no entendía por qué sus padres se habían divorciado cuatro años atrás, o por qué su padre rápidamente empezó a salir con una mediocre enfermera de Emergencias en Annapolis, Maryland, llamada Isabel. Hablando de caer bajo. Isabel tenía una hija adolescente, Kate, y el Sr. Marin le había dicho a Hanna que podría quererla. Unos meses después del divorcio, él había invitado a Hanna apor el fin de semana. Nerviosa por conocer a su casi-hermanastra,

Hanna le pidió a Ali acompañarla.

—No te preocupes, Han —le aseguró Ali. —Vamos a superar a cualquiera que sea esa chica Kate—. Cuando Hanna la miró, dudosa, ella le recordó a Hanna su frase favorita: ¡Yo soy Ali y soy fabulosa! Y eso sonaba casi estúpido ahora, pero en aquel entonces Hanna sólo podía imaginar lo que era sentirse tan segura. Tener a Ali allí era como una capa de seguridad –para probar a su papá que ella no era una

perdedora que sólo quería escapar.

El día había sido una colisión de tren, de todos modos. Kate era la chica más linda que Hanna había conocido y su padre básicamente la había llamado cerda en frente de Kate. Él rápidamente había dado marcha atrás y dijo que era sólo una broma, pero esa había sido la última vez que ella lo había visto… Y la primera vez que ella se incitó a vomitar.

Pero Hanna odiaba pensar sobre cosas del pasado, así que ella raramente lo hacía.

Además, ahora Hanna podía comerse con los ojos a las citas de su mamá y no de una manera tan ¿será-mi-nuevo-padre? ¿Y su padre le permitiría un toque de queda a las 2 AM y beber vino, al igual que su mamá lo hacía? Lo dudaba.

Su madre masculló en su teléfono cerrado y puso sus ojos verde esmeralda sobre Hanna. —¿Esos son tus zapatos de regreso-a-la-escuela?

Hanna paró de masticar. —Sí.

La Sra. Marin asintió. —¿Recibiste muchos cumplidos?

Hanna giró su tobillo para inspeccionar sus tacones púrpuras. Tenía demasiado miedo a enfrentarse a la seguridad de Saks, así que realmente había pagado por ellos. —Sí, los recibí.

—¿Te preocupa si los tomo prestados?

—Um, seguro. Si quie…

El teléfono de su mamá sonó de nuevo. Ella se abalanzó sobre él. —¿Carson? Sí. He estado buscándote toda la noche… ¿Qué diablos está pasando allí?

Hanna sopló su flequillo y alimentó a Dot con un pequeño pedazo de anguila. Mientras Dot escupía sobre el suelo, el timbre de la puerta sonó.

Su madre ni siquiera retrocedió. Dot empezó a ladrar y su madre se puso de pie para cogerlo. —Probablemente son niñas exploradoras otra vez.

Las Niñas Exploradoras habían venido tres días seguidos, tratando de venderles algunas galletas para la hora de cenar. Ellas eran fanáticas en ese vecindario.

En cuestión de segundos, volvió a la cocina con un oficial de policía joven, con cabello castaño y ojos verdes detrás de ella. —Este caballero dice que quiere hablar contigo—. En el broche dorado del bolsillo de su uniforme, sobre su pecho, se leía WILDEN.

—¿Yo? —Hanna se señaló a sí misma.

—¿Eres Hanna Marin? —preguntó Wilden. El walkie-talkie en su cinturón hizo un ruido.

De repente Hanna se dio cuenta de quién era ese hombre: Darren Wilden. Él había estado en último curso en Rosewood cuando ella estaba en séptimo. El Darren Wilden que ella recordaba supuestamente dormía con todas las chicas del equipo de salto y fue casi expulsado de la escuela por robar la clásica motocicleta Ducati del director. Y este policía era definitivamente el mismo chico -esos ojos verdes eran difíciles de olvidar, incluso si habían pasado cuatro años desde que ella los había visto. Hanna esperaba que él fuera un stripper que Mona habían enviado como una broma.

—¿Qué es todo esto? —La Sra. Marin preguntó, mirando largamente a su móvil. — ¿Por qué está interrumpiendo nuestra cena?

—Recibimos una llamada de Tiffany’s— dijo Wilden. —Ellos te tienen en una grabación donde hurtas algunas cosas de su tienda. Las grabaciones de varias cámaras de seguridad del centro comercial te descubrieron fuera del centro comercial en tu auto. Seguimos la placa de licencia. Hanna empezó a pellizcar el lado interior de su palma con sus uñas, algo que ella hacía cuando se sentía fuera de control.

—Hanna no haría eso —dijo la Sra. Marin. —¿Lo harías, Hanna?

Hanna abrió su boca para responder pero no salieron palabras. Su corazón estaba golpeando contra sus costillas.

—Mira —Wilden cruzó sus manos sobre su pecho. Hanna notó el arma en su cinturón. Parecía como un juguete. —Sólo necesito que vengas a la estación.

Quizás no es nada.

—¡Estoy segura de que no es nada! —dijo la Sra. Marin. Entonces sacó su cartera Fendi de un bolso a juego. —¿Qué hace falta para que nos deje en paz para tener nuestra cena?

—Señora —Wilden sonó exasperado. —Debería venir conmigo, ¿bien? No tomará toda la noche. Lo prometo—. Él sonrió con esa sonrisa sexy de Darren Wilden que probablemente le había impedido ser expulsado de Rosewood.

—Bueno —dijo la mamá de Hanna. Ella y Wilden se miraron por un largo momento. —Déjeme tomar mi bolso.

Wilden se giró hacia Hanna. —Voy a tener que esposarte.

Hanna jadeó. —¿Esposarme? —. Bien, ahora eso era tonto. Sonaba falso, como algo que las gemelas de seis años de al lado podrían decirse entre ellas. Pero Wilden sacó unas esposas de acero reales y gentilmente las puso alrededor de sus muñecas. Hanna esperó que él no notara que sus manos estaban temblando.

Si sólo se tratara de un momento en que Wilden la ataba a la silla, ponía la vieja canción de los 70 “Hot Stuff” y se quitaba la ropa… Por desgracia, no lo era.

La estación de policía olía como a café quemado y madera muy vieja, porque, como la mayoría de los edificios municipales de Rosewood, era una antigua vía férrea a la mansión de un barón. Los policías revoloteaban alrededor de ella, tomando llamadas telefónicas, llenando formas, y deslizándose en sus pequeñas sillas con rueditas. Hanna medio esperaba ver a Mona allí, también, con su mamá y el Dior robado sobre su muñeca. Pero con una mirada al banco vacío supo que Mona no había sido atrapada.

La Sra. Marin se sentó muy rígida al lado de ella. Hanna se sintió inquieta; su mamá era usualmente muy indulgente, pero hasta entonces Hanna nunca había tomado nada del centro de la ciudad y había pasado algo así

Y entonces, muy tranquilamente, su madre se inclinó. —¿Qué fue lo que tomaste?

—¿Huh? —preguntó Hanna.

—¿Ese brazalete que estás usando?

Hanna bajó la mirada. Perfecto. Ella había olvidado quitárselo; el brazalete estaba girando en su muñeca a la vista. Ella lo empujó debajo de su manga. Sintió en sus orejas los pendientes; sip, los había tomado también hoy. ¡Hablando de estupidez!

—Dámelos —susurró su madre.

—¿Huh? —Hanna dijo con voz aguda.

La Sra. Marin extendió su mano. —Dámelos. Puedo encargarme de esto.

De mala gana, Hanna permitió que su madre desabrochara el brazalete de su muñeca. Entonces extendió las manos y se quitó los pendientes y los entregó también. La Sra. Marin ni siquiera retrocedió. Ella simplemente deslizó las joyas en su bolso y dobló sus manos sobre el broche de metal.

La chica rubia de Tiffany’s que había ayudado a Hanna con el precioso brazalete caminó por la sala. Tan pronto como vio a Hanna, sentada y abatida en el banco con las esposas aún en sus manos, ella asintió. —Sí, es ella.

Darren Wilden miró a Hanna, y su mamá se levantó. —Creo que aquí ha habido un error—. Ella caminó hasta el escritorio de Wilden. —Le entendí mal en la casa.

Yo estaba con Hanna ese día. Compramos esas cosas. Tengo un recibo por ellas en casa.

La chica de Tiffany’s estrechó sus ojos con incredulidad. —¿Está sugiriendo que estoy mintiendo?

—No —dijo la Sra. Marin dulcemente. —Sólo creo que está confundida.

¿Qué estaba haciendo? Un pegajoso, incómodo, casi-culpable sentimiento se deslizó en Hanna.

—¿Cómo explica las grabaciones de vigilancia? —Preguntó Wilden.

Su mamá se detuvo. Hanna miró un pequeño músculo en su cuello estremecerse.

Entonces, antes de que Hanna pudiera pararla, ella llevó la mano a su bolso y sacó el botín. —Esto fue todo por culpa mía —dijo. —No de Hanna.

La Sra. Marin se giró hacia Wilden. —Hanna y yo tuvimos una pelea sobre estas cosas. Yo le dije que no podía tenerlas. La llevé a esto. Ella nunca haría esto de nuevo. Yo me aseguraré de eso.

Hanna miró fijamente, aturdida. Ella y su mamá ni una sola vez discutieron en Tiffany’s, por no hablar de algo que ella podía o no tener.

Wilden sacudió su cabeza. —Señora, creo que su hija deberá realizar algo de servicio comunitario. Esa es usualmente la multa.

La Sra. Marin parpadeó, inocentemente —¿No podemos dejar que esto corra? ¿Por favor?

Wilden la miró por un largo momento, una esquina de su boca se curvó casi diabólicamente. —Siéntese —dijo finalmente. —Permítame ver qué puedo hacer.

Hanna miró a todas partes, menos en la dirección de su mamá. Wilden se encorvó sobre su escritorio. Tenía una figurilla del Jefe Wiggum de Los Simpson y un Slinky metálico. Él lamió su índice para girar las páginas de papel que estaba llenando. Hanna retrocedió. ¿Qué clase de papeles estaban allí? ¿No sería el

periódico local de reporte de crímenes? Eso era malo. Muy malo.

Hanna movió su pie nerviosamente, teniendo una repentina urgencia por algo de Junior Mints. O quizás anacardos (frutos secos). Incluso la Slim Jims (snacks de carne o salchicha seca) sobre el escritorio de Wilden serviría.

Ella podía verlo: Todos lo averiguarían, y ella instantáneamente estaría sin amigos ni novio. A partir de ahí, habría retrocedido de nuevo a la estúpida Hanna de séptimo grado en evolución hacia atrás. Ella despertaría y su cabello estaría asqueroso, sucio y marrón de nuevo. Entonces sus dientes estarían torcidos y ella tendría aparatos de nuevo. No le entraría ninguno de sus jeans. El resto sucedería espontáneamente. Ella pasaría su vida como gordita, fea, miserable, y pasada por alto, como solía ser.

—Tengo algo de loción si están irritándose tus muñecas —dijo a Sra. Marin, gesticulando hacia las esposas y hurgando en su bolso.

—Estoy bien —replicó Hanna, volviendo al presente.

Suspirando, sacó su Black Berry. Era difícil porque sus manos estaban esposadas, pero ella quería convencer a Sean de que él tenía que ir a su casa este sábado. De repente ella realmente quería saber lo que él quería. Mientras ella miraba fijamente la pantalla, un mensaje apareció en su bandeja de entrada. Ella lo abrió.

Hola Hanna,

Ya que la comida de prisión te hace engordar, ¿Ya sabes lo que Sean va a decir? ¡No es así!

—A

Ella estaba tan asustada que se paró, pensando en alguien que debería estar en la sala, mirándola. Pero allí no había nadie. Cerró sus ojos, tratando de pensar quién podría haber visto el carro de policía en su casa.

Wilden miró desde su escritorio. —¿Estás bien?

—Um —dijo Hanna. —Sí —se sentó lentamente. ¿No es así? ¿Qué diablos? Ella miró la dirección de la nota de nuevo, pero solo vio un revoltijo de letras y números.

Hanna —La Sra. Marin murmuró después de un momento. —Nadie necesita saber de esto.

Hanna parpadeó. —Oh. Sí. Estoy de acuerdo.

—Bien

Hanna tragó con fuerza. Excepto porque… alguien lo sabía.

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Nota de la traductora

*Línea de productos que se encarga del cuidado de la piel.

*American Express.

*Canal de compras por TV.

*Catálogo de ropa femenina.

*Catálogo de ropa femenina.

*Para Latinoamérica es el Jefe Gorgory.
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:39 pm     Responder citando

Capítulo 9

No la típica conversación estudiante – profesor.

Miércoles por la mañana, el padre de Aria, Byron, se frotó el espeso pelo negro y la mano señaló por la ventana del Subaru que estaba haciendo una mano a la izquierda. Las señales de alto habían dejado de funcionar ayer por la noche, así que él estaba conduciendo a Aria y Mike a su segundo día de la escuela y a tomar el coche del taller.

—¿Están felices de estar de vuelta en Estados Unidos? —Byron preguntó. Mike, quien se sentó junto a Aria en el asiento trasero, sonrió.

—¡América es genial! —Volvió a golpear frenéticamente pequeños botones de su PSP*. Hizo un ruido y Mike agitó un puño en el aire.

El padre de Aria sonrió y condujo a través de la de un solo carril del puente de piedra, saludando a una vecina a su paso.

—Bueno, bueno. Ahora, ¿por qué es genial?

—América es genial porque tiene lacrosse, —dijo Mike, sin dejar de mirar a su PSP.

—Y las chicas más calientes. Y un Hooters* en Rey de Prussia.

Aria se echó a reír. Como si Mike hubiera estado dentro de Hooters.

A menos que… ¿OH Dios, él había...?

Ella se estremeció en su Nelly* verde alpaca, se encogió de hombro y miró por la ventana a la espesa niebla. Una mujer que llevaba una larga, chaqueta con capucha de color rojo estadio que decía: SOBRE EL EJE DE UNA MAMÁ FUTBOLERA, que trataba de detener a su pastor alemán que estaba persiguiendo a una ardilla cruzando la calle. En la esquina, dos rubias con cochecitos para bebes de alta tecnología se fueron juntas a lo lejos.

No había una palabra para describir la clase de Inglés de ayer: brutal. Después Ezra espetó: «M*érda», toda la clase se volvió y la miró fijamente. Hanna Marin, que estaba sentada frente a ella, le susurró en voz no tan tranquila, '¿Te acostaste con el maestro?' Aria consideró, por un segundo y medio, que quizá Hanna le había escrito el mensaje de texto de Ezra - Hanna era una de las pocas personas que sabían de Pigtunia.

Pero ¿por qué Hanna lo cuidaría? Ezra – er, el Sr. Fitz – había disipado la risa con rapidez, y ella recordó la más frívola excusa para insultar en clase.

Ella dijo, y citó Aria en su cabeza: —Yo tenía miedo de una abeja había volado en mis pantalones, y pensé que la abeja me iba a picar y así me puse a gritar de terror.

— Ezra entonces empezó a hablar de cinco temas apartados y el programa de estudio, Aria no podía concentrarse.

Fue la abeja que había volado en sus pantalones. Ella no podía dejar de mirar sus ojos y su boca de lobo de color rosa suntuoso. Cuando él miraba en su dirección con el rabillo del ojo, su corazón daba dos vueltas y media libres y luego aterrizaba en su estómago.

Ezra era el muchacho para ella, y ella era la chica para él ella sólo lo sabía. ¿Y qué si el era su profesor? Tenía que haber una manera de hacer que funcione.

Su padre se había detenido en la entrada de piedra-bloqueada de Rosewood.

A lo lejos, Aria había notado un escarabajo Volkswagen* vintage pintado de color azul polvo estacionado en el lugar del profesor. Sabía que era el vehículo en Snookers – era de Ezra.

Ella miró su reloj.

Quince minutos hasta el aula.

Mike salió disparado del coche. Aria abrió la puerta, pero su padre le tocó el antebrazo.

—Espera un segundo, —dijo.

—Pero tengo que… —Miró con nostalgia al auto de Ezra.

—Sólo por un minuto. —Su padre bajo el volumen de la radio.

Aria se dejó caer en su asiento.

—Parecías un poco… —Él tiró la muñeca de su chaqueta hacia atrás y adelante con incertidumbre. —¿Estás bien?

Aria se encogió de hombros. —¿Sobre qué?

Su padre suspiró. —Bueno… No se. Y no hemos hablado.... tu sabes… en un tiempo.

Aria jugueteaba con la cremallera de su chaqueta. —¿De qué hay que hablar?

Byron metió un cigarrillo que había rodado antes en la izquierda dentro de su boca. —No puedo imaginar lo difícil que ha sido guardar silencio. Pero te amo. Lo sabes, ¿verdad?

Aria miró hacia el estacionamiento de nuevo. —Si, lo sé, —dijo.— Me tengo que ir.

Nos vemos a las tres.

Antes de que pudiera responder, Aria salió disparada del auto, la sangre en sus oídos.

¿Cómo se suponía que tenía que ser la islandesa Aria, que dejó su pasado atrás, si uno de sus peores recuerdos de Rosewood se mantuvo saliendo a la superficie?

Ya había ocurrido en mayo de séptimo grado. El Día de Rosewood había despedido a los primeros estudiantes de conferencias con los maestros, por lo que Aria y Ali se dirigieron a Sparrow, el campus de la tienda de música Hollis, para buscar nuevos CDs. A medida que caminaban a través de un callejón, Aria notó que su padre estaba en el destartalado café familiar en un Honda Civic – espacio ahora en un estacionamiento vacío. Como Aria y Ali caminaron hacia el coche para dejar una nota, se dieron cuenta de que había alguien en su interior en realidad, dos personas: el padre de Aria, Byron, y una muchacha, de unos veinte años, besando su cuello.

Fue entonces cuando Byron miro hacia arriba y vio a Aria, ella echó a correr lejos antes de ver más y antes de que pudiera detenerla, Ali había seguido a Aria todo el camino de regreso a su casa, pero no trató de detenerla cuando Aria dijo que quería estar sola.

Más tarde esa noche, Byron se acercó a la habitación de Aria a tratar de explicarle.

No era lo que parecía, dijo. Pero Aria no era estúpida.

Todos los años su padre invitó a sus estudiantes a su casa para conseguir - parasaber - que cócteles y Aria había visto a esa chica de pie a través de su puerta. Su nombre era Meredith, Aria lo recordaba, porque Meredith había llegado borracha y había escrito su nombre en el refrigerador con imanes de letras de plástico.

Cuando Meredith se estaba yendo, en lugar de estrechar la mano de su padre como los otros chicos habían echo, le dio un beso en la mejilla.

Byron pidió Aria no se lo dijera a su mamá. Él le prometió que nunca volvería a ocurrir. Ella decidió creerle, y ella guardó el secreto. Él nunca había dicho que sí, pero Aria creía que Meredith fue la razón de porque su papá tomó su año sabático, cuando él lo hizo.

Prometiste que no lo pensarías, Aria pensó mirando por encima del hombro. La mirada de su padre se dirigía fuera del estacionamiento de Rosewood. Aria entró en el estrecho pasillo del ala de la facultad.

La oficina de Ezra estaba en el final del pasillo, junto a un pequeño y acogedor asiento de ventana. Se detuvo en la puerta y lo vio como él escribía algo en su ordenador.

Por último, llamó. Los ojos azules de Ezra se ampliaron cuando la vio. Miró hacia abajo adorablemente a su camisa blanca con botones, el saco azul de Rosewood, hilos verdes y destartalados mocasines negros. Las esquinas de su boca se acurrucaron en la más pequeña y tímida sonrisa.

—Hey —él dijo.

Aria se cernía en el umbral. —¿Puedo hablar contigo? —Aria preguntó. Su voz chirrió un poco.

Ezra vaciló, empujando un mechón de pelo lejos de los ojos. Aria notó un curita envuelta alrededor de su dedo meñique izquierdo.

—Claro —dijo en voz baja. —Pasa.

Entró en su despacho y cerró la puerta. Estaba vacío, a excepción de un pesado escritorio de madera ancho, dos sillas plegables, y una computadora. Se sentó en la silla plegable vacía.

—Así que, um, —Aria, dijo. —Hey.

—Hey otra vez, —respondió Ezra, sonriendo. Bajó los ojos y tomó un sorbo de su taza de café Rosewood.

—Escucha —él empezó a decir.

—Acerca de ayer —dijo Aria, al mismo tiempo. Los dos rieron.

—Las damas primero. —Ezra sonrió.

Aria se rascó la nuca, donde había elaborado su recto cabello negro en una coleta.

—Yo, um, quería hablar acerca… de nosotros.

Ezra asintió, pero no dijo nada.

Aria se movió en su silla. —Bueno, supongo que es chocante que yo soy… um… tu alumna, después, ya sabes… Snookers. Pero si no te importa, yo no.

Ezra hizo presión con las manos alrededor de su taza. Aria escucho el reloj emitido por el muro de la escuela, el reloj marcando los segundos.

—Yo… no creo que sea una buena idea —dijo en voz baja. —Tú dijiste que eras mayor.

Aria rió, sin saber qué tan grave era. —Nunca te dije cuantos años tenia— Ella bajó los ojos. —Sólo lo asumiste.

—Sí, pero no dijiste que estabas en secundaria—, respondió Ezra.

—Todo el mundo miente sobre su edad— dijo Aria en voz baja.

Ezra pasó la mano por su pelo. —Pero… eres… —Él la miró a los ojos y suspiró. — Mira yo… creo que eres increíble, Aria. Lo hago. Te conocí en un bar y me gustó…

wow, ¿qué es esto? Eres tan diferente a cualquier otra chica que he conocido. Aria miró hacia abajo, sintiendo tanto placer y un poco mareada. Ezra se inclinó sobre la mesa y tocó la mano de ella – estaba caliente, seca y suave – pero enseguida se apartó. —Pero esto no pretende ser, ¿sabes? Porque, bueno, tú eres mi alumna. Podría conseguir en un montón de problemas. Tú no quieres meterme en problemas, ¿verdad?

—Nadie tiene que saber, —dijo Aria débilmente, a pesar de que, no podía dejar de pensar en ese texto extraño del día de ayer, y que tal vez alguien ya lo sabía. Ezra se tomó su tiempo para responder. A Aria le parecía que él estaba tratando de decidirse. Ella lo miró esperanzada.

—Lo siento, Aria —dijo finalmente entre dientes. —Pero creo que debes irte...

Aria se puso de pie, sintiendo sus mejillas arder. —Por supuesto. —Aria envolvió las manos en la parte superior de la silla. Se sentía como si brasas saltaran a su alrededor por dentro.

—Nos vemos en clase, —dijo Ezra en voz baja.

Ella cerró la puerta con cuidado. En el salón, los profesores hablaban alrededor de ella, corriendo hacia sus salones de clases. Ella decidió llegar a su casillero cortando a través de los baños... ella necesitaba un poco de aire fresco.

En el exterior, Aria escuchó familiarizada con la risa de una niña. Ella se congeló por un segundo. ¿Cuando iba a dejar de pensar que oía a Alison en todas partes?

No caminó entre los baños, sino a través de la hierba.

La niebla de la mañana era tan densa que Aria apenas podía ver sus piernas por debajo de ella. Sus huellas se desvanecían en la hierba blanda mientras más rápido caminaba.

Bien. Esto parecía el momento oportuno para desaparecer por completo.

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Nota de la traductora

*Play Station Portable

*Restaurante para mayores

*Marca de ropa

*Marca de automóvil
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MensajePublicado: 11 Jul 2011 12:41 pm     Responder citando

Capítulo 10

Las chicas solteras tienen mucha más diversión!

Esa tarde, Emily se encontraba en el estacionamiento de estudiantes, estaba perdida en sus pensamientos, cuando alguien arrojó sus manos sobre sus ojos. Emily se sobresalto.

—¡Whoa, enfríate! ¡Soy sólo yo!

Emily se volvió y suspiró con alivio. Sólo Maya.

Emily había estado tan distraída y paranoica desde que recibió esa extraña nota ayer. Había estado a punto de desbloquear su coche -su madre la dejaba a ella y a Carolyn llevarlo a la escuela con la condición de que condujeran con precaución y llamaran al llegar allí – para agarrar su bolsa de natación para la práctica.

—Lo siento —dijo Emily. —Pensé. . . no importa.

—Te extrañe hoy. —Maya sonrió.

—Yo también. —Emily le devolvió la sonrisa. Había intentado llamar a Maya esa mañana para ofrecerle un viaje a la escuela, pero la mamá de Maya dijo que se había ido ya. —Así que, ¿cómo estás?

—Bueno, yo podría estar mejor. —Hoy, Maya había asegurado su pelo salvaje y oscuro fuera de su cara con iridiscentes y adorables clips de mariposas rosas.

—¿Ah, sí? —Emily ladeó la cabeza.

Maya apretó los labios y deslizó uno de sus pies hacia fuera de sus sandalias Oakley. Su segundo dedo del pie era más largo que su dedo gordo del pie, al igual que Emily. —Estaría mejor si fueras a alguna parte conmigo. Ahora mismo.

—Pero tengo natación, —dijo Emily, oyendo a Igor* en su voz de nuevo.

Maya le tomó la mano y la hizo girar. —¿Y si te dijera que a donde vamos implica natación?

Emily entornó los ojos. —¿Qué quieres decir?

—Tienes que confiar en mí.

Incluso si hubiera estado cerca de Hanna, Spencer y Aria, todos los recuerdos favoritos de Emily eran pasando el tiempo sola con Ali. Al igual que cuando se vistieron con voluminosos pantalones de nieve para deslizarse en trineo por Bayberry Hill, hablando de su novio ideal, o llorando sobre La Cosa de Jenna de

sexto grado y consolándose mutuamente. Cuando eran apenas ellas dos, Emily vio a una un poco menos perfecta Ali - que de alguna manera la hacía parecer aún más perfecta - y Emily sentía que podía ser ella misma.

Parecían que días, semanas, años habían pasado desde que Emily no había sido ella misma. Y pensó que ahora, podría haber algo por el estilo con Maya. Echaba de menos tener una mejor amiga.

En este momento, Ben y todos los demás muchachos estarían probablemente cambiándose a sus trajes, y dándose bofetadas unos a otros en los culos desnudos con toallas mojadas. La entrenadora Lauren estaría escribiendo la práctica encima del tablero en el marcador grande y llevaría a cabo la adecuada cuenta de aletas, boyas, y paletas. Y las chicas en el equipo se quejarían porque todas tenían sus períodos al mismo tiempo. ¿Ella se atrevería a perderse el segundo día de práctica?

Emily apretó la llave de pescado de plástico. —Yo supongo que podría decirle a Carolyn que tengo que ser tutora a alguien en español, —ella murmuró. Emily sabía que Carolyn no compraría eso, pero ella probablemente no delataría a Emily, tampoco. Chequeo tres veces el estacionamiento para ver si alguien estaba viendo, Emily sonrió y abrió el coche.

—Está bien. Vámonos.

—Mi hermano y yo descubrimos este lugar el fin de semana, —Maya dijo mientras Emily entraba en el aparcamiento de grava.

Emily salió del coche y se estiró. —Me olvidé de este lugar. —Estaban en la pista Marwyn, que estaba a cinco millas de distancia y bordeada de un arroyo profundo.

Ella y sus amigas solían traer sus bicicletas aquí todo el tiempo - Ali y Spencer pedaleaban con furia y por lo general al final, empataban - y paraban en el bar de aperitivos de la zona de natación para comprar deditos de mantequilla y Coca - Cola Diet.

A medida que ella seguía Maya por una ladera lodosa, Maya tomo su brazo. — ¡Oh! Me olvidé de decirte. Mi mamá dijo que tu mamá hizo escala ayer mientras estábamos en la escuela. Trajo más brownies.

—¿De veras? —Emily respondió, confusa. Se preguntaba por qué su madre no había dicho nada durante la cena.

—Los brownies estaban deliciosos. ¡Mi hermano y yo pulimos la bandeja anoche!

Llegaron a una pista de tierra. Un dosel de robles las protegía. El aire tenía ese olor fresco, a madera y se sentía cerca de veinte grados más frío.

—No estamos allí todavía. —Maya le tomó la mano y la llevó por el camino de un pequeño puente de piedra. A unos seis metros por debajo de ella, la corriente aumentó. Las aguas tranquilas, brillaban mientras el sol de la tarde caía Maya caminó hasta el borde del puente y se desnudo hasta llegar a su sujetador a juego de color rosa pálido y ropa interior. Ella arrojó su ropa en una pila, sacó la lengua a Emily, y saltó.

—¡Espera! —Emily corrió hasta el borde. ¿Sabia Maya cuan profundo estaba? En un total de un Mississippi, dos- Mississippis más tarde, Emily oyó un chapoteo. La cabeza de Maya apareció de vuelta fuera del agua.

—¡Te lo dije se trataba de nadar! ¡Vamos, lánzate!

Emily miró al montón de ropa de Maya. Ella realmente odiaba desnudarse delante de la gente – incluso de las chicas del equipo de natación, que la veían todos los días. Poco a poco se quitó la falda plegada de Rosewood , cruzando las piernas una sobre la otra para que Maya no pudiera ver sus muslos desnudos y musculosos, y luego tiró de la camiseta sin mangas que llevaba debajo de su blusa de uniforme.

Ella decidió mantenerla puesta. Ella miró por encima del borde del arroyo y, robándose a ella misma, ella saltó. Un momento después, el agua abrazo su cuerpo.

Era agradable y gruesa por el barro, no fría y limpia, como la piscina. El sujetador con relleno subió hinchado con el agua.

—Es como un sauna aquí, —dijo Maya.

—Sí. —Emily nado hacia la zona menos profunda, donde Maya estaba de pie.

Emily se dio cuenta que podía ver los pezones de Maya directamente a través de su sostén, y corto la mirada.

—Yo solía ir a bucear al acantilado con Justin todo el tiempo de vuelta en Cali, — dijo Maya. —Se quedaba de pie en la parte superior, como, creo que durante diez minutos antes de saltar. Me gusta como ni siquiera dudaste.

Emily flotaba sobre su espalda y sonrió. Ella no pudo evitarlo: ella tragaba los elogios de Maya como pastel de queso.

Maya lanzo agua a Emily poniendo sus manos en forma de copa.

Parte de ella llego directo en su boca. El arroyo sabía a agua pegajosa y casi metálica, nada del cloro del agua de la Piscina. —Creo que Justin y yo vamos a romper, —dijo Maya.

Emily nadaba cerca de la orilla y se levantó. —¿En serio? ¿Por qué?

—Sí. Lo de la larga distancia es demasiado estresante. Él me llama, como todo el tiempo. ¡Sólo he estado ausente por unos días, y él ya me ha enviado dos cartas!

—Huh, —Emily respondió: tamizando sus dedos a través del agua turbia.

Entonces ocurrió algo con ella. Se volvió hacia Maya. —¿Tu, um, pusiste una nota en mi armario de natación ayer?

Maya frunció el ceño. —¿Qué, después de la escuela? No…caminamos a casa, ¿recuerdas?

—Cierto. —Ella realmente no creía que Maya había escrito la nota, pero las cosas habrían sido mucho más sencillas si lo hubiera hecho.

—¿Qué decía la nota? —Emily sacudió la cabeza.

—No importa. No fue nada. —Ella se aclaró la garganta. —Sabes, creo que podría romper con mi novio también.

Whoa. Emily no habría estado más sorprendida si un pájaro azul habría volado hasta su boca.

—¿En serio?, —dijo Maya.

Emily parpadeó agua de sus ojos. —No lo sé. Tal vez.

Maya extendió los brazos sobre su cabeza, y cogió a Emily dejando a la vista esa cicatriz en la muñeca de nuevo. Ella apartó la mirada. —Bueno, jode a un alce, — dijo Maya.

Emily sonrió. —¿Huh?

—Es esta cosa que digo a veces, —dijo Maya. —¡Significa. . .al diablo! —Ella se volvió y se encogió de hombros. —Supongo que es una tontería.

—No, me gusta, —dijo Emily. —Jode a un alce. —Ella se rió. Ella siempre se sentía divertida cuando decía groserías - como si su mamá la oyera desde su cocina, a diez millas de distancia.

—Deberías de romper con tu novio, —dijo Maya. —¿Sabes por qué?

—¿Por qué?

—Eso significaría que ambas estaríamos solteras.

—Y eso ¿qué significa? —preguntó Emily. El bosque estaba muy quieto y callado.

Maya se acercó más a ella. —Y eso significa…que nos…podemos…¡divertir!. —Ella agarró Emily por el hombro y la sumergió bajo el agua.

—¡Hey! —Emily chilló. Se echó atrás a Maya, chapaleando su brazo a través de toda el agua, creando una ola gigante.

Entonces ella agarró a Maya por la pierna y empezó a hacerle cosquillas debajo de sus dedos de los pies.

—¡Ayuda! —Maya gritó. —¡No mis pies! ¡Soy muy cosquillosa!

—¡He encontrado tu debilidad! —Emily cantó, maniáticamente arrastrando a Maya hacia la cascada. Maya logró soltar su pie y se abalanzó sobre los hombros de Emily por detrás. Las manos de Maya vagaban hacia arriba a los lados de Emily, a continuación, hasta el estómago, donde ella le hacía cosquillas. Emily chilló.

Finalmente empujó a Maya a una pequeña cueva en las rocas.

—¡Espero que no hallan murciélagos aquí! —Maya chilló. Vigas de la luz solar se filtraban a través de pequeños orificios perforados de la cueva, lo que hacia un halo alrededor de la parte superior de la cabeza empapada de Maya.

—Tienes que venir aquí, —dijo Maya. Ella le tendió la mano.

Emily estaba a su lado, el sentimiento de la cueva era suave, fresco. El sonido de su respiración se hizo eco en las estrechas paredes. Se miraron la una a la otra y sonrieron. Emily se mordió el labio. Este era un momento tan perfecto de amigas, la hacía sentirse algo melancolía y nostálgica.

Los ojos de Maya se convirtieron en preocupación. —¿Qué pasa?

Emily respiró hondo. —¿Bueno. . . sabes la niña que vivió en tu casa? ¿Alison?

—Sí.

—Ella desapareció. Inmediatamente después del séptimo grado. Ella nunca fue encontrada.

Maya se estremeció ligeramente. —He oído algo al respecto.

Emily se abrazó, ella se estaba enfriando, también. —Nosotras éramos muy cercanas.

Maya se acercó a Emily y puso su brazo alrededor de ella. —No me di cuenta.

—Sí. —Tambaleó la barbilla de Emily. —Yo solo quería que lo supieras.

—Gracias.

Poco tiempo pasó; Emily y Maya continuaron abrazándose. Entonces, Maya dio marcha atrás. —Yo como que mentí antes. Sobre Por que quiero romper con Justin.

Emily levantó una ceja, curiosa.

—Yo soy. . . No estoy segura si me gustan los chicos, —dijo Maya en voz baja. —Es extraño. Creo que son lindos, pero cuando llego a estar sola con ellos, No quiero estar con ellos. Prefiero estar con, como, alguien más como yo. —Ella sonrió torcidamente. —¿Sabes?

Emily se pasó las manos por la cara y el cabello. La mirada de Maya se sentía muy cercana, de repente. —Yo…, —ella empezó. No, no sabía.

Los arbustos por encima de ellas se movieron. Emily se estremeció. Su mamá odiaba cuando llegaba a este camino - nunca sabias qué tipo de secuestradores o asesinos se escondían en lugares como este.

El bosque estaba inmóvil por un momento, pero luego una bandada de pájaros se disperso violentamente hacia el cielo. Emily se aplano contra la roca. ¿Estaba alguien mirando? ¿De quién era la risa? La risa le sonaba familiar. Entonces Emily sintió una respiración pesada en el oído. La piel de gallina se levantó en sus brazos y ella se asomó fuera de la cueva.

Eran sólo un grupo de muchachos. De pronto, irrumpieron en el arroyo, blandiendo palos como espadas. Emily se alejó de Maya y fuera de la cascada.

—¿Adónde vas? —Maya llamo.

Emily miró a Maya, y luego a los muchachos, que habían abandonado los palos y ahora estaban tirando piedras unos a otros. Uno de ellos era Mike Montgomery, su viejo amigo, hermano pequeño de Aria. Había crecido bastante desde la última vez lo vio. Y espera - Mike estaba en Rosewood. ¿Le reconocería? Emily salió del agua y empezó a correr hacia la colina.

Se volvió a Maya. —Tengo que regresar a la escuela antes de que Carolyn comience con la natación. —Ella se puso la falda. —¿Quieres que te tire abajo tu ropa?

—Lo que sea. —En eso, ella salió de la cascada y se metió en el agua, la ropa interior empapada se aferraba a su trasero. Maya subió lentamente la pendiente, ni una vez cubriéndose el estómago o pechos con las manos. Los estudiantes de primer año dejaron lo que estaban haciendo y se quedaron mirando. Y aunque Emily no quería, no podía dejar de mirar también.
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Capítulo 11

Al menos los camotes tienen mucha Vitamina A

—De ella. Definitivamente de ella —Hanna susurró, apuntando.

—Nah. ¡Son muy pequeñas! —Mona susurró de vuelta.

—¡Pero mira la forma en que se engloban en lo alto! Totalmente falso —Hanna contradijo.

—Grosero. —Hanna arriscó la nariz y pasó sus manos por su propio y perfectamente redondeado trasero para asegurarse de que aún estaba perfectamente perfecto. Era media tarde de un miércoles, y ella y Mona estaban descansando en la terraza exterior de Yam, el café orgánico en el Club de Campo de los padres de Mona. Bajo ellas, un grupo de chicos de Rose Wood jugaban un partido rápido de golf antes de la cena, pero Hanna y Mona estaban jugando otro tipo de juego: adivinar las tetas falsas. O descubrir cualquier otra cosa falsa, y había muchas cosas falsas por aquí.

—Si, se ve como que su cirujano lo arruinó —Mona murmuró. —Creo que mi mamá juega tenis con ella. Le preguntaré.

Hanna miró de nuevo hacia la mujer con aspecto de duende de treinta y tantos junto al bar cuyo trasero se veía de verdad sospechosamente extra-suculento para el resto de su delgada figura al estilo de un mondadientes. —Moriría antes de hacerme la cirugía.

Mona jugaba con el talismán de su brazalete Tiffany —el que ella, evidentemente, no tenía que devolver. —¿Crees que Aria Montgomery se ha hecho las suyas?

Hanna miró hacia arriba, asombrada. —¿Por qué?

—Ella es realmente delgada, y esas son como, demasiado perfectas —dijo Mona. — Fue a Finlandia o algo así, ¿cierto? Escuché que en Europa pueden hacer tus tetas por poco dinero.

—No creo que sean falsas —murmuró Hanna.

—¿Cómo lo sabes?

Hanna mordisqueó su pajilla. Las tetas de Aria siempre habían estado ahí —ella y Alison habían sido las únicas dos de sus amigas que necesitaron un sostén en séptimo grado. Ali siempre hizo alarde de las de ella, pero la única vez que Aria había notado que ella tenía tetas fue cuando ella tejió los sostenes de todos como regalos de Navidad y tuvo que hacer el de ella de un tamaño mayor. —Ella sólo, no parece de ese tipo —Hanna respondió. Hablar con Mona de sus antiguas amigas era territorio incómodo. Hanna aún se sentía mal sobre como ella y Ali y las otras solían molestar a Mona en séptimo grado, pero siempre parecía demasiado extraño sacarlo a colación ahora.

Mona la miró fijamente. —¿Estás bien? Te vez diferente hoy.

Hanna dio un respingo. —¿Lo hago? ¿Cómo?

Mona le dio una pequeña sonrisa de suficiencia. —¡Whoa! ¡Alguien está nerviosa!

—No estoy nerviosa —Hanna dijo rápidamente. Peor lo estaba: a cada momento, desde lo de la estación de policía y ese correo electrónico que ella había recibido la noche pasada, ella había estado como loca. Esta mañana, sus ojos incluso parecían más de un plano café que verde, y sus brazos se veían perturbadoramente hinchados. Ella tenía esta horrible sensación de que ella iba a metamorfosearse espontáneamente de vuelta a su persona de séptimo grado.

Un mesera rubia y con aspecto de jirafa las interrumpió. —¿Han decidido?

Mona miró el menú. —Quiero la ensalada de pollo asiático, sin ninguna preparación.

Hanna aclaró su garganta. —Quiero una ensalada jardinera con coles, sin preparación, y una orden extra grande de papas fritas dulces. En una bolsa para llevar, por favor.

Mientras la mesera tomaba sus menus, Mona empujó sus lentes de sol bajándolos por su nariz. —¿Papas fritas de camote?

—Para mi mamá —Hanna respondió rápidamente. —Vive en base a ellas.

Abajo en el campo de golf, un grupo de chicos más viejos pusieron las bolas en el soporte, junto con un chico bastante bien parecido en pantalones cortos de descanso. Se veía un poco fuera de lugar con su cabello castaño desordenado, cargos, y... era eso un... ¿polo de la Policía de Rosewood? Oh no. Lo era.

Wilden escaneó la terraza y fríamente asintió cuando él vio a Hanna. Ella se escondió.

—¿Quién es ese? —Mona ronroneó.

—Um... —Hanna murmuró, casi por debajo de la mesa. ¿Darren Wilden era un golfista? Por favor. Años atrás en la preparatoria, él era el tipo que lanzaba fósforos encendidos a los chicos del club de gol de Rosewood. ¿Estaba acaso todo el mundo afuera para tomarla?

Mona entrecerró los ojos. —Espera. ¿Acaso él no va a nuestra escuela? —ella sonrió exhibiendo los dientes. —Oh dios mio. Es el chico del club de buceo de las chicas. Hanna, ¡tú, pequeña perra! ¿Cómo es que te conoce?

—Él es... — Hanna hizo una pausa. Paso su mano por la cinturilla de sus jeans. — Lo conocí en el sendero Marwyn un par de días atrás cuando estaba corriendo. Nos detuvimos en la fuente de agua al mismo tiempo.

—Genial —dijo Mona. —¿Trabaja por aquí?

Hanna hizo una pausa de nuevo. Ella de verdad quería evitar esto. —Um... creo que dijo que él era un policía —ella dijo despreocupadamente.

—Estás jugando. —Mona sacó su humectante de labios Shu Uemura de su bolsa Hobo azul de cuero y suavemente humedeció su labio inferior. —Ese chico es lo suficientemente guapo como para estar en el calendario de los policías. Incluso puedo verlo: Sr. Abril. ¡Preguntémosle si podemos ver su porra*!

—Shhh —Hanna siseó.

Sus ensaladas llegaron. Hanna empujó su recipiente de poliestireno con las papas fritas de camote un lado y tomó una mordida de su tomate cherry* sin preparación.

Mona se inclinó quedando más cerca. —Apuesto a que podrías engancharte con él.

—¿Quién?

—¡El Sr. Abril! ¿Quién más?

Hanna resopló. —Claro.

—Totalmente. Deberías llevarlo a la fiesta de Kahn. Escuché que algunos policías fueron a la fiesta el año pasado. Así es como nunca los atrapan.

Hanna se reclinó hacia atrás. La fiesta Kahn era una tradición legendaria en Rosewood. Los Kahns vivían en veinte y algo acres de tierra, y los chicos Kahn — Noel era el más joven— daban una fiesta de-vuelta-a-la-escuela todos los años. Los chicos allanaban las reservas amplias de licor de sus padres en el subterráneo y siempre había escándalo. El último año, Noel le disparó a su mejor amigo James en su trasero desnudo con su arma BB* porque James había tratado de darse el lote con la novia de ese tiempo de Noel, Alyssa Pennypacker. Ambos estaban ebrios y rieron todo el camino a la sala de emergencias y no podían recordar cómo o por qué había pasado. El año anterior a eso, un montón de stoners* había fumado demasiado y trataron de hacer que los Appaloosas* del Sr. Kahn fumaran de una pipa de agua*.

—Nah. —Hanna se comió otro tomate. —Creo que voy a ir con Sean.

Mona hizo una mueca. —¿Por qué perder un perfectamente buena noche de fiesta con Sean? ¡Él tomó un compromiso de virginidad! Probablemente ni siquiera irá.

—Sólo porque firmas un compromiso de virginidad no significa que dejes de divertirte también. —Hanna tomó un gran bocado de su ensalada, apretando los secos y poco apetitosos vegetales en su boca.

—Bueno, si no vas a invitar al Sr. Abril para la fiesta de Noel, yo lo haré. —Mona se puso en pie.

Hanna agarró su brazo. —¡No!

—¿Por qué no? Vamos. Sería divertido.

Hanna hundió sus uñas en el brazo de Mona. —Dije no.

Mona se sentó de vuelta e hizo un puchero. —¿Por qué no?

El corazón de Hanna galopaba. —Bien. No puedes decirle a nadie, sin embargo. — Ella tomó un aliento profundo. —Lo conocí en la estación de policía, no en el camino. Fui llamada a una audiencia por el suceso de Tiffany. Pero no es tan

complicado. No me atraparon.

—¡Oh, mi dios! —Mona gritó. Wilden miró hacia ellas de nuevo.

—¡Shhh! —Hanna siseó.

—¿Estás bien? ¿Qué paso? Dímelo todo. —Mona susurró de vuelta.

—No hay mucho que decir. —Hanna tiró su servilleta sobre su plato. —Ellos me llevaron a la estación, mi mamá fue por mí, y nos sentamos por un rato. Me dejaron salir con una advertencia. Como sea. Todo tomó como veinte minutos.

—Por dios. —Mona le dio a Hanna una mirada indeterminada; Hanna se preguntó por un segundo si era una mirada de lástima.

—No fue, como, dramático o nada, —Hanna dijo defensivamente, su garganta seca. —No paso mucho. La mayoría de los policías estaban al teléfono. Mande mensajes de texto todo el tiempo. —Ella hizo un pausa, considerando si debería decirle a Mona sobre los ‘no sé’ mensajes de texto que ella había recibido de A, quienquiera que fuera A. Pero ¿por qué malgastar su aliento? No podía haber significado nada realmente, ¿cierto?

Mona tomó un sorbo de su Perrier*. —Pensé que nunca te habían atrapado.

Hanna tragó fuerte. —Si, bueno...

—¿Te mató tu mamá?

Hanna miró a lo lejos. En el camino a casa, su mamá le había preguntado a Hanna si ella había querido robar el brazalete y los aretes. Cuando Hanna había dicho que no, la Sra. Marin respondió: —Bien. Está arreglado entonces. —Luego ella había abierto su celular para hacer una llamada.

Hanna se encogió de hombros y se puso de pie. —Acabo de recordar... tengo que pasear a Dot.

—¿Estás segura que estás bien? —Mona preguntó. —Tu rostro se ve un poco manchado.

—No es nada. —Ella chasqueó sus labios glamorosamente hacia Mona y se giró hacia la puerta.

Hanna paseó tranquilamente para salir del restaurante, pero una vez que llegó al estacionamiento, rompió a correr. Trepó dentro de su Toyota Prius —un auto que su mamá le había comprado para ella el año pasado pero que recientemente le había pasado a Hanna porque se había aburrido de él— y chequeó su rostro en el espejo retrovisor. Había unos espantosos parches rojos en sus mejillas y frente.

Después de su transformación, Hanna había sido neuróticamente cuidadosa con no solo lucir perfecta y genial todo el tiempo, sino en ser perfecta y genial, también.

Aterrorizada de que el más pequeño error la hubiera enviado girando de vuelta a su mundo de perdedora, ella se preocupaba de cada pequeño detalle, desde pequeñas cosas como el perfecto nombre de pantalla para IM* y la correcta mezcla de su iPOD para el coche, a cosas más grandes como el correcto grupo de personas para invitar a una fiesta de alguien o elegir el perfecto, el chico para una cita —quien, afortunadamente, era el mismo chico que ella había amado desde séptimo grado. ¿Había el hecho de ser atrapada por robar en una tienda empañado a la perfecta, controlada y extremadamente genial Hanna que todos habían llegado a conocer? Ella no había sido capaz de leer esa mirada en el rostro de Mona cuando ella había dicho ‘por dios’. ¿Había la mirada significado, por dios, pero no es gran cosa? O ¿por dios, que perdedora?

Ella se preguntó si quizás ella no debería haberle dicho a Mona del todo. Pero entonces... alguien más ya sabía. A.

¿Sepa que va a decir Sean? ¡No sé!

El campo de visión de Hanna se puso borroso. Ella apretó el manubrio por unos pocos segundos, luego metió la llave en el encendido y salió del estacionamiento del club de campo hacia una zona de grava, un desvió a un callejón sin salida unos pocos metros mas allá en el camino. Ella podía escuchar su corazón palpitando en sus sienes mientras apagaba el motor y tomaba respiros profundos. El viento olía como paja y pasto recién cortado.

Hanna cerró sus ojos fuertemente. Cuando los abrió, ella miró fijamente el contenedor de las papas fritas de camote. No, ella pensó. Un auto paso veloz por la calle principal.

Hanna limpió sus manos en sus jeans. Ella le dio otra mirada al contenedor. Las frituras olían delicioso. No, no, no.

Ella se estiró hacia ellas y abrió la tapa. Su olor dulce y tibio emergió hacia su rostro. Antes de poder detenerse, Hanna metió un puñado a su boca de frituras.

Las frituras aún estaban tan calientes que quemaron su lengua, pero no le importó.

Era un alivio tan grande; esta era la única cosa que la hacía sentir mejor. No se detuvo hasta que las había comido todas e incluso había lamido los lados del contenedor buscando la sal que se había acumulado en el fondo.

Al principio ella se sintió mucho, mucho más calmada. Pero para el minuto en que se puso en camino, los viejos y familiares sentimientos de pánico y vergüenza habían crecido dentro de ella. Hanna estaba impresionada ahora, aun cuando habían pasado años desde que ella había hecho esto, todo se sentía exactamente igual. Su estómago dolía, sus pantalones se sentían apretados, y todo lo que ella quería era deshacerse de todo lo que estaba dentro de ella.

Ignorando los gritos excitados de Dot desde su habitación, Hanna corrió escaleras arriba hacia el baño, cerró la puerta de golpe, y colapsó sobre el suelo de cerámica.

Gracias a dios su mama no había vuelto del trabajo aún. Al menos ella no tendría que escuchar lo que Hanna estaba por hacer.

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Nota de la traductora

*Porra: la vara con golpean a los delincuentes

*Tomate cherry: se refiere a esos pequeños tomates de cóctel.

*Arma BB: tipo de pistola de aire.

*Stoners: adictos a la marihuana.

*Appaloosas: tipo de caballo.

*Pipa de agua: Forma de drogarse.

*Perrier: agua envasada. *IM: Messenger instantáneo.
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Capítulo 12

Mmm, un amor que huele a una nueva puntuación en la prueba...

Está bien. Spencer tenía que tranquilizarse.

El miércoles por la noche, sacó el Mercedes C-Class negro —el coche de su hermana estaba desecho, era el nuevo “práctico” Mercedes SUV— en el camino circular de su casa. La reunión del consejo de estudiantes había terminado extra tarde y había estado al orde de la conducción hacia las calles oscuras de Rosewood. Todos los días, había sentido como si alguien la estuviese observando, como si quien había escrito “codiciar” por e-mail podría ir en busca de ella en cualquier momento.

Spencer pensaba con inquietud acerca de la cola de caballo familiar en la ventana del dormitorio de Alison. Su mente iba hacia un lado y de regreso a Ali todas las cosas que sabía sobre Spencer. Pero no, eso era una locura. Alison había estado desaparecida —y muy probablemente muerta— durante tres años. Además, una nueva familia vivía en su casa ahora, ¿no?

Spencer corrió hacia el buzón y sacó un montón de sobres, tirando todo lo que no era suyo de vuelta. De repente, lo vio. Era un sobre largo, no demasiado grueso ni demasiado fino, con el nombre de Spencer escrito de forma ordenada sobre el papel. La dirección de retorno decía, El College Board. Estaba aquí.

Spencer rasgó el sobre y escaneó la página. Leyó los resultados de PSAT siete veces más antes de darse cuenta.

Había conseguido un 2350 de 2400.

—¡Síííííí! —gritó, agarrando los papeles con tanta fuerza que los arrugó.

—¡Whoa! ¡Alguien está feliz! —gritó una voz desde la carretera.

Spencer levantó la vista. Saliendo del lado del conductor de un Mini Cooper estaba Andrew Campbell, el alto, pecoso, y de cabello largo, el muchacho que le ganó a Spencer para presidente de la clase. Fueron número uno y número dos de la clase en prácticamente todos los temas. Pero antes de que Spencer pudiera jactarse de su puntuación —decirle a Andrew acerca de los PSAT's se sentiría tan bien— ya se

había alejado. Raro. Spencer volvió hacia su casa.

A medida que entraba con entusiasmo al interior, algo la detuvo: recordó la puntuación perfecta de su hermana, comparándola y rápidamente lo convirtió desde el 1600, la escala que se usaba, al 2400 escala que utiliza el College Board en la actualidad. Fueron unos completos 100 puntos por debajo de Spencer. ¿Y no se suponía que iba a ser más difícil en estos días, también?

Bueno, ¿ahora quién es el genio?

Una hora más tarde, Spencer se sentó en la mesa de la cocina de lectura con Middlemarch —un libro recomendado en la lista por la AP Inglés— cuando empezó a estornudar.

—Melissa y Wren están aquí —dijo la señora Hastings. Spencer vio como entraba rápidamente en la cocina, llevando el correo que Spencer había dejado en el buzón—. ¡Ellos fueron a dejar todo el equipaje para instalarse! —Ella abrió el horno, para comprobar el pollo asado y siete rollos de granos, y luego

apresuradamente entraba en la sala de estar.

Spencer volvió a estornudar. Una nube de Channel Nº 5 siempre iba con su madre —a pesar de que había pasado todo el día trabajando con caballos— y Spencer estaba segura de que era alérgica. Consideró anunciar las noticias de la PSAT, pero una voz centellante desde el vestíbulo la detuvo.

—¿Mamá? —Melissa llamó. Ella y Wren paseaban en la cocina. Spencer pretendía estudiar la aburrida cubierta posterior de Middlemarch.

—Hey —Wren dijo sobre ella.

—Hey —ella respondió con frialdad.

—¿Qué estás leyendo?

Spencer vaciló. Era mejor mantenerse alejada de Wren, sobre todo ahora que él se mudaba a su casa.

Melissa la rozó sin saludar y se puso a desempaquetar almohadas moradas de una bolsa de Pottery Barn.

—Estos son para el sofá del granero —prácticamente le gritó.

Spencer se encogió. Dos podrían jugar este juego.

—¡Oh, Melissa! —Spencer exclamó—. ¡Me olvidaba de decirte! ¡Adivina con quién me encontré!

Melissa continuó desempaquetando las almohadas.

—¿Con quién?

—¡Ian Thomas! ¡Es el entrenador de mi equipo de hockey ahora!

Melissa se congeló.

—Él… ¿qué? ¿Él está? ¿Él está aquí? ¿Te preguntó sobre mí?

Spencer se encogió de hombros e hizo como que pensaba.

—No, no creo.

—¿Quién es Ian Thomas? —Wren preguntó, apoyándose en el mostrador isla de mármol.

—Nadie —espetó Melissa, volviendo a las almohadas. Spencer le dio una bofetada al libro y rebotó hacia el comedor. Vaya. Eso se sintió mejor.

Se sentó en la larga mesa estilo casa de campo, pasando los dedos por los vasos de vino sin tallo, Candace, el ama de llaves, lo había llenado con vino tinto. A sus padres no les importaba si sus hijos bebían cuando estaban en casa, ya que nadie tenía que conducir, así que agarró el vidrio con ambas manos y bebió un trago grande. Cuando miró hacia arriba, Wren le estaba sonriendo desde el otro lado de la mesa, su columna vertebral muy erguida en su silla del comedor.

—Hey —él dijo. Ella levantó las cejas como respuesta.

Melissa y la Sra. Hastings se sentaron y el padre de Spencer ajustó las luces del candelabro y se sentó también. Por un momento todos estaban en silencio. Spencer sintiendo los papeles con la puntuación del PSAT en su bolsillo.

—Así que supongo que lo que me pasó —ella comenzó.

—¡Wren y yo estamos tan felices de que nos estén dejando quedarnos aquí! — Melissa dijo al mismo tiempo, agarrando la mano de Wren.

La Sra. Hastings sonrió a Melissa.

—Siempre estoy feliz cuando toda la familia está aquí.

Spencer se mordió el labio, con el estómago nervioso.

—Bueno, Papá. Tengo mi…

—Uh-oh —Melissa interrumpió, con la vista fija en las placas que Candace acababa de traer de la cocina—. ¿Tenemos otra cosa más que el pollo? Wren está tratando de no comer carne.

—Está bien —dijo Wren a toda prisa—. El pollo es perfecto.

—Oh. —La Sra. Hastings se puso de pie a la mitad del camino—. ¿Tú no comes carne? No lo sabía. Creo que podemos tener un poco de pasta en la nevera, aunque podría tener jamón en ella…

—De verdad, está bien. —Wren se frotó la cabeza incómodamente, haciendo que su pelo negro desordenado se formara en picos.

—Oh, me siento terrible —dijo la Sra. Hastings. Spencer puso los ojos en blanco.

Cuando toda la familia estaba junta, su mamá quería que todas las comidas — incluso los desayunos descuidados de cereales— fueran perfectas.

El Sr. Hasting miró sospechosamente a Wren.

—Soy un hombre de carne.

—Absolutamente. —Wren levantó su copa con tanta fuerza que derramó un poco de vino sobre el mantel.

Spencer estaba considerando una buena introducción para su gran anuncio cuando su padre dejó el tenedor.

—Tengo una idea brillante. Ya que estamos todos aquí, ¿por qué no jugamos Star Power?

—Oh, papá —Melissa gimió—. No.

Su padre sonrió.

—Oh, sí. Tuve un día terrible en el trabajo. Voy a patearte el trasero.

—¿Qué es Star Power? —Wren preguntó, con las cejas arqueadas.

Un brillo nervioso creció en el estómago de Spencer. Star Power era un juego que sus padres habían inventado cuando Spencer y Melissa eran niñas pequeñas por lo que había pensado siempre que había sido extraído de alguna empresa retiro. Era simple: todos compartían su mayor logro del día y la familia seleccionaba una estrella. Se suponía que hacía a la gente sentirse orgullosa y realizada pero en la familia Hastings la gente acababa compitiendo despiadadamente.

Pero si había una manera perfecta para anunciar su resultado del PSAT, Star Power lo era.

—Tienes que captarlo, Wren. —El Sr Hastings dijo—. Voy a empezar. Hoy, preparé una defensa tan convincente para mi cliente que de hecho ofreció pagarme más dinero.

—Impresionante —dijo su madre, tomando un bocado de remolacha dorada—. Ahora yo. Esta mañana, le gané a Eloise en tenis en sets corridos.

—¡Eloise es dura! —Su padre exclamó antes de tomar otro sorbo de vino. Spencer miró a Wren sobre la mesa. Él estaba peleando cuidadosamente la piel de su muslo de pollo, que no podía captar su mirada.

Su madre se limpió la boca con la servilleta.

—¿Melissa?

Melissa entrelazó los dedos regordetes juntos.

—Bueno, hmm. Ayudé a los constructores con los azulejos en el baño entero, la única forma de que algo sea perfecto es si lo hace uno mismo.

—¡Me alegro por ti, querida! —dijo su padre.

Spencer sacudía sus piernas nerviosamente.

El Sr. Hastings terminó de beber su vino.

—¿Wren?

Wren lo miró, sorprendido.

—¿Sí?

—Es tu turno.

Wren jugueteó con su copa de vino.

—No sé lo que debería decir…

—Estamos jugando Star Power. —La Sra. Hastings sonó como si Star Power fuera tan común como Scabble—. ¿Lo más maravilloso que hizo, Sr. doctor, hoy?

—Oh. —Wren parpadeó—. Bueno. Um, nada, en realidad. Era mi día libre en la escuela y en el hospital, así que bajé al bar con unos amigos del hospital y vi jugar a Filis.

Silencio. Melissa le disparó a Wren una mirada decepcionada.

—Creo que es impresionante —Spencer ofreció—. La forma en que han estado jugando, es una hazaña ver a los Filis todo el día.

—Lo sé, son los reyes de la *******, ¿no? —Wren le sonrió a Spencer con gratitud.

—Bueno, de todos modos. —Su madre interrumpió—. Melissa, ¿cuándo empiezas las clases?

—Esperen un momento —Spencer silbó. ¡Ellos no podían olvidarla!—. Tengo algo para Star Power.

El tenedor para ensalada de su madre flotaba en el aire.

—Lo siento.

—¡Oops! —Su padre estuvo de acuerdo con la gracia—. Adelante, Spence.

—Tengo los resultados del PSAT —dijo—. Y bueno… aquí están. —Ella sacó los papeles con el puntaje y los empujó a su padre.

Tan pronto como él los tomó, sabía lo que pasaría. No les importaría. ¿Qué importaba el PSAT, de todos modos? Sus mejillas se sentían calientes. ¿Por qué ella se había molestado?

Luego su papá dejó la copa de vino y estudió el papel.

—Wow. —Hizo un gesto hacia la Sra. Hastings. Cuando ella vio el documento, se quedó sin aliento.

—No se puede conseguir mucho más alto que esto, ¿verdad? —dijo la Sra. Hastings.

Melissa estiró el cuello para mirar también. Spencer no podía respirar. Melissa la fulminó con la mirada mientras se ponía de un tono lila. Era una mirada que hizo pensar a Spencer que tal vez Melissa había escrito ese espeluznante e-mail de ayer.

Pero cuando Spencer le devolvió la mirada, Melissa rompió en una gran sonrisa.

—¿De verdad estudiaste, cierto?

—Es un buen resultado, ¿no? —Wren preguntó, mirando la página.

—¡Es un resultado fantástico! —El Sr. Hastings bramó.

—¡Esto es maravilloso! —exclamó la Sra. Hastings—. ¿Cómo te gustaría celebrar, Spencer? ¿Cena en la ciudad? ¿Tienes algo en mente?

—Cuando obtuve los resultados de mi SAT, conseguí mi primera edición de Fitzgerald en esa subasta, ¿recuerdas? —Melissa sonrió.

—¡Eso es correcto! —La Sra. Hastings gorjeó.

Melissa se volvió hacia Wren.

—Me había encantado, y así había quedado una increíble oferta.

—Bueno, ¿por qué no darle un poco de tiempo para pensar? —La Sra. Hastings le dijo a Spencer—. Trata de pensar en algo memorable, como lo que le dimos a Melissa.

Spencer se incorporó lentamente.

—En realidad, hay algo que yo tenía en mente.

—¿Qué es? —Su padre se inclinó hacia delante en su silla.

Aquí va, Spencer pensó.

—Bueno, lo que yo realmente, realmente, realmente amaría, ahora mismo, no en unos pocos meses a partir de ahora, sería mudarme al granero.

—Pero… —dijo Melissa, antes de detenerse a sí misma.

Wren se aclaró la garganta. Su padre frunció el ceño. El estómago de Spencer hizo un gruñido de hambre. Ella lo frenó con su mano.

—¿Es eso lo que realmente quieres? —preguntó su madre.

—Uh-huh —respondió Spencer.

—Muy bien —dijo la Sra. Hastings, mirando a su marido—. Bueno…

Melissa estableció en alto el tenedor.

—Pero, bueno, ¿qué pasa con Wren y yo?

—Bueno, tú misma has dicho que las renovaciones no serían demasiado largas. — La Sra. Hastings se llevó la mano a la barbilla—. Ustedes podrían permanecer en su antiguo dormitorio, supongo.

—Pero tiene una cama doble —dijo Melissa en una inusualmente voz infantil.

—No me importa —dijo Wren rápidamente. Melissa frunció el ceño fuertemente

hacia él.

—Podríamos mover la cama del establo al cuarto Melissa y poner la cama de Spencer por ahí. —El Sr. Hastings sugirió.

Spencer no daba crédito a sus oídos.

—¿Tú lo harías?

La Sra. Hastings enarcó las cejas.

—Melissa, puede sobrevivir, ¿no?

Melissa se apartó el pelo de la cara.

—Supongo —ella dijo—. Quiero decir, yo personalmente preferiría mucho más que fuera de la subasta y la primera edición, pero eso es sólo conmigo.

Wren discretamente tomó un sorbo de su vino. Cuando Spencer le llamó la atención, él le guiñó el ojo. El Sr. Hastings volvió a Spencer.

—Hecho, entonces.

Spencer se levantó y abrazó a sus padres.

—¡Gracias, gracias, gracias!

Su madre estaba radiante.

—Tú deberías mudarte mañana.

—Spencer, eres sin duda la estrella. —Su padre levantó las puntuaciones, ahora ligeramente manchadas de vino tinto—. ¡Debemos enmarcar esto como un recuerdo!

Spencer sonrió. No necesitaba nada para enmarcar. Se habría de recordar este día por el tiempo en que ella viviera.
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Capítulo 13

Primer Acto: La chica hace que el chico la quiera.

—¿Quieres venir conmigo a una recepción artística en el estudio de Chester Springs el próximo lunes por la noche? — preguntó la madre de Aria, Ella.

Era jueves por la mañana, y Ella estaba sentada enfrente de Aria en la mesa del desayuno, resolviendo un crucigrama del New York Times con un bolígrafo negro goteante y comiendo un tazón de Cheerios. Acababa de regresar de su trabajo a tiempo parcial en la galería de arte contemporáneo Davis en la calle principal de Rosewood, y tenía lugar en la lista de correspondencia de todos los beneficiarios.

—¿Papá no va a ir contigo? —preguntó Aria.

Su madre frunció sus labios juntos. —Tiene un montón de trabajo que hacer para sus clases.

—Oh. —Aria cogió un hilo de lana suelto de sus guantes sin dedos que había tejido durante un largo viaje en tren a Grecia. ¿Era sospecha lo que detectó en la voz de su madre? Aria siempre se preocupaba de que Ella averiguara sobre Meredith y nunca le perdonara por mantener el secreto.

Aria apretó sus ojos cerrados. No estás pensando en eso, pensó. Vertió un poco de zumo de pomelo en un vaso. —¿Ella? —preguntó. —Necesito algunos consejos de amor.

—¿Consejos de amor? — bromeó su madre, asegurando su bollito de pan negro azabache con un palillo para llevar que había estado descansando sobre la mesa.

—Sí —dijo Aria. —Me gusta un chico, pero es en cierta medida... inalcanzable. No tengo más ideas sobre cómo convencerlo de que debería gustarle.

—¡Sé tú misma! —dijo Ella.

Aria gimió. —He intentado eso.

—¡Sal con un chico posible, entonces!

Aria giró sus ojos. —¿Vas a ayudarme o no?

—¡Ooh, alguien es sensible! —Ella sonrió, luego chasqueó sus dedos. —Acabo de leer este estudio en el periódico. —Sostuvo en alto el Times. —Es una encuesta sobre lo que los hombres encuentran más atractivo en las mujeres. ¿Sabes qué fue la cosa número uno? La inteligencia. Aquí, déjame encontrarlo para ti... —Rebuscó en el periódico y le entregó la página a Aria.

—¿Aria, te gusta un chico? —Mike entró a la cocina y cogió un dona glaseada de la caja de la isleta.

—¡No! —respondió Aria rápidamente.

—Bueno, alguien te gusta —dijo Mike. —Tan vulgar como lo que es. —Hizo un sonido fingiendo náuseas.

—¿Quién? —preguntó Ella con voz emocionada.

—Noel Kahn —Mike respondió, hablando con un enorme mordisco masticado de donut en su boca. —Me preguntó por ti en la práctica de lacrosse.

—¿Noel Kahn? —repitió Ella, mirando atrás y adelante, de Aria a Mike. —¿Quién es? ¿Estuvo aquí hace tres años? ¿Lo conozco?

Aria gimió y rodó sus ojos. —Él no es nadie.

—¿Nadie? —Mike sonó disgustado. —Es como… el mejor chico de tu grado.

—Lo que sea —dijo Aria, besando a su madre en la parte superior de su cabeza. Se dirigió al pasillo, mirando fijamente el recorte de periódico en sus manos. ¿Así que a los hombres les gustaba el cerebro? Bueno, la islandesa Aria ciertamente podía ser inteligente.

—¿Por qué no te gusta Noel Kahn? —La voz de Mike hizo saltar a Aria. Estaba de pie a unos pasos de Aria con un cartón de zumo de naranja en su mano. —Él es el hombre.

Aria gimió. —Si te gusta tanto, ¿por qué no te vas con él?

Mike bebió directamente del cartón, se limpió su boca, y la miró fijamente. —Has estado actuando raro. ¿Estás drogada? ¿Puedo tener algo si lo estás?

Aria bufó. En Islandia, Mike había estado tratando de conseguir constantemente drogas y asustando cuando algunos chicos en el puerto le vendían una bolsa de marihuana a diez centavos. Las cosas resultaron ser olorosas, pero Mike lo fumaba orgullosamente de todos modos.

Mike comenzó a acariciarse la barbilla. —Creo que sé por qué estás actuando raro. Aria se volvió de nuevo hacia el armario. —Estás lleno de *******.

—¿Tú crees? —respondió Mike. —Yo no. ¿Y sabes qué? Voy a averiguar si mis sospechas son ciertas.

—Buena suerte, Sherlock. —Aria tiró de su chaqueta. Incluso aunque sabía que Mike estaba probablemente lleno de *******, esperaba que no se hubiera dado cuenta del temblor de su voz.

Mientras los otros chicos se presentaban a inglés -la mayoría de los chicos luciendo una barba incipiente en crecimiento de unos días y la mayoría de las chicas imitando las sandalias de plataforma de Mona y Hanna y pulseras hechizadas - Aria revisó el montón de sus notas recientemente garabateadas en las tarjetas. Hoy tenían que dar un informe oral acerca de una obra de teatro llamada Esperando a Godot. Aria adoraba los informes orales -tenía la voz perfecta, sexy, grave para ellos - y ocurría que conocía la obra realmente bien. Una vez, había pasado todo el domingo en un bar de Reykjavik, discutiendo vehementemente con un doble de Adrien Brody sobre el tema... entre bebiendo deliciosos Martini de vodka y manzana y jugando a footsie*, es decir con él debajo de la mesa. Así que no sólo este era un día excelente para convertirse en una estudiante referente, también era una gran oportunidad para mostrarles a todos lo genial que era la islandesa Aria.

Ezra entró, pareciendo arrugado, empollón, y completamente comestible, y palmoteó sus manos. —Muy bien, clase —dijo. —Tenemos un montón de cosas por las que pasar hoy. Calmaos.

Hanna Marin se dio la vuelta y sonrió burlonamente a Aria. —¿Qué clase de ropa interior crees que está usando?

Aria sonrió insípidamente. —Los boxers a rayas de algodón, por supuesto. —Puso su atención de nuevo en Ezra.

—Muy bien. —Ezra se encaminó hacia la pizarra. —Todo el mundo hizo la lectura, ¿no? ¿Todo el mundo tiene un informe? ¿Quién quiere empezar?

La mano de Aria se elevó rápidamente. Ezra le asintió con la cabeza. Se encaminó al podio al frente de la habitación, dispuso su pelo negro sobre sus hombros para que pareciera extra magnífico, y se asegurara de que su collar grande de coral no estuviera pillado con el cuello de su camisa. Rápidamente, releyó las primeras pocas frases en las tarjetas de su índice.

—El año pasado, asistí a una representación de Esperando a Godot en París — empezó.

Se dio cuenta de que Ezra levantó su ceja sólo lo imprescindible.

—Fue en un pequeño teatro fuera del Sena, y el aire olía como a un brioche* de queso horneándose en la siguiente puerta. —Se detuvo. —Imagínate la escena: una enorme línea de gente esperando para entrar, una mujer acarreando sus dos pequeños caniches blancos, la Torre Eiffel en la distancia.

Levantó la mirada brevemente. ¡Todo el mundo parecía tan paralizado! —Podía sentir la energía, el entusiasmo, la pasión en el aire. Y no era sólo la cerveza que estaban vendiendo a todo el mundo, incluso a mi hermano pequeño —Agregó.

—¡Genial! —exclamó Noel Kahn.

Aria sonrió. —Los asientos eran muy aterciopelados y púrpura, y olían como a este tipo de mantequilla de Francia que es más dulce que la mantequilla americana. Es la que hace a los pasteles tan deliciosos.

—Aria —dijo Ezra.

—¡Es el tipo de mantequilla que hace que incluso los caracoles sepan bien!

—¡Aria!

Aria se detuvo. Ezra se inclinaba contra la pizarra con sus brazos cruzados sobre su chaqueta de Rosewood. —¿Sí? —sonrió. —Tengo que detenerte.

—Pero... ¡Ni siquiera estoy a mitad de camino de lo que he hecho!

—Bueno, necesito menos sobre asientos de terciopelo y pasteles y más sobre la obra en sí.

La clase se rió disimuladamente. Aria caminó arrastrando los pies de vuelta a su asiento y se sentó. ¿No sabía que estaba creando un ambiente?

Noel Kahn levantó su mano.

—Noel —señaló Ezra. —¿Quieres ser el siguiente?

—No —dijo Noel. La clase se rió. —Sólo quería decir que pensé que el informe de Aria era bueno. Me gustó.

—Gracias —dijo Aria en voz baja.

Noel se dio la vuelta. —¿Realmente no hay edad para beber?

—En realidad no.

—Podría ir con mi familia a Italia este invierno.

—Italia es increíble. Te va a encantar.

—¿Pasaste por los dos? —preguntó Ezra. Le lanzó a Noel una exasperada mirada.

Aria hincó sus uñas rosa vivo en la hebra de la madera de su escritorio.

Noel se volvió de nuevo hacia ella. —¿Tenían ajenjo? —susurró.

Asintió con la cabeza, asombrada de que Noel hubiera oído hablar siquiera del ajenjo.

—Sr. Kahn —Ezra interrumpió severamente. Un poco demasiado duramente. — Eso es suficiente.

¿Eran celos esto que detectaba?

—Maldición —Hanna se giró. —¿Que subió hasta su culo?

Aria reprimió una risilla. Parecía que le gustaba que cierto estudiante estuviera haciendo que cierto profesor estuviera un poco nervioso.

Ezra llamó a Devon Arliss como la siguiente y ésta empezó su discurso. Mientras

Ezra se volvía de lado y ponía un dedo en su barbilla, escuchando, Aria palpitó. Lo quería tan malamente que hacía que todo su cuerpo zumbara.

No, espera. Eso sólo era su móvil, que se encontraba en su bolso verde lima de gran tamaño junto a su pie.

La cosa seguía zumbando. Aria lentamente se agachó y lo sacó. Un nuevo mensaje de texto:

Aria,

Tal vez se relaciona promiscuamente con los estudiantes todo el tiempo. Muchos profesores lo hacen... ¡Sólo pregúntale a tu papá! –A

Aria rápidamente contestó bruscamente a su móvil cerrado. Pero entonces lo abrió y leyó el mensaje Nadie en la habitación tenía su teléfono afuera –ni Hanna, ni Noel, nadie. Y nadie la estaba mirando, tampoco. Incluso levantó la mirada al techo y fuera de la puerta de la clase, pero nadie parecía fuera de lugar. Todo estaba tranquilo y quieto.

—Esto no puede estar pasando —murmuró Aria.

La única persona que sabía lo del papá de Aria era... Alison. Y había jurado sobre su tumba que no lo diría ni a un alma. ¿Estaba de vuelta?

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Nota de la traductora

*Forma de coqueteo en la que la gente utiliza sus pies para frotar los pies del otro.

*Es un dulce de origen francés ligero de huevo, levadura, leche, mantequilla y azúcar.
_________________
NUNCA REVELES UN GRAN SECRETO


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